"No pasarán". Francia en la confusión, por Hervé Juvin

 

La decapitación de un profesor por un joven de origen checheno ha conmocionado a Francia e indignado a los franceses. Ha suscitado también, por parte de todos los dirigentes políticos, importantes referencias a la República; el laicismo; la libertad de expresión; la grandeza de la profesión de enseñar, llevados por la emoción colectiva. La frase más importante ha sido pronunciada por el Presidente de la República: “¡No pasarán!”.

Pero esta frase, o tiene un sentido, o no es más que una fórmula vacía. “No pasarán” significa que los candidatos a la inmigración ilegal, aquellos a los que nos hacen llamar “los migrantes”, cuya inmensa mayoría viene de otras culturas, viven según otras costumbres y siguen otras religiones que no son las mismas, no podrán ya forzar la entrada en el territorio y querer quedarse. Ya que “no pasarán” lleva a preguntarse por la presencia del asesino del profesor, nacido en Moscú, checheno de religión musulmana… ¿Qué hacía este “refugiado” en Francia?

“No pasarán” expresa una verdad sin compromiso; la separación es la única solución que permite la coexistencia de aquellos a los que la religión, las costumbres, las convicciones, las decisiones en la vida, diferencian u oponen. La separación física que conlleva la frontera, la separación política que significa la ciudadanía, tienen esa función vital desde hace milenios: hacer que aquellos que no pueden vivir juntos, unos al lado de otros, vivan separados. Cada uno en su casa entre los suyos; he ahí desde hace milenios la solución de la paz. Pagamos ahora el haberlo olvidado. 

Todas las religiones no son solubles en el laicismo

¿Cuántos muertos, cuántos dramas más, antes de terminar con la ilusión criminal de la unidad planetaria y de la disolución de las separaciones en un gran todo mundializado? Hannah Arendt lo escribió: “No es el hombre, son los hombres los que pueblan la Tierra”. El respeto de las religiones, de todas las religiones, llama al realismo. Todas las religiones no son solubles en el laicismo a la francesa, y toda religión que afirme la sujeción de lo político a lo religioso es incompatible con la República. El problema francés es que los dirigentes no saben ya qué es una religión, el todo de una vida, lo que justifica matar o morir por un Dios que es más que la vida, el poder o el interés.

De ahí esa incomprensión que se convierte en dramática: los que creen no van a renunciar a sus creencias porque accedan a la Seguridad Social, a las ayudas y a la renta básica. El materialismo es la peor guía para abordar la cuestión religiosa. ¡Todos no son unos burgueses provincianos, el domingo a la religión de Dios, durante la semana a la religión del dinero! De ahí una legítima insistencia sobre el laicismo, pero que puede convertirse en un peligro: ¿Qué son varias décadas de laicismo frente a siglos o milenos de las grandes religiones?

Puede ser un peligro cuando se trata de demografía. Ya que afirmar el laicismo ante varios millones de musulmanes, en un país donde solamente judíos y cristianos tomaron parte en el pacto republicano, no tiene nada que ver con la misma afirmación ante unas minorías que soliciten su admisión al pacto nacional; el peso demográfico tiene su importancia. El islam es una religión que lo tiene todo para ser una de ellas; admitirlo es la primera condición de una política realista. 

Hoy en día, el respeto pasa por la separación. Si no, el conflicto es inevitable. Su final, también: la sumisión. Solo lo dudan aquellos que ignoran lo que es una gran religión como el islam, como lo ha sido el cristianismo, es decir y a partir de ahora, la mayoría que habla, publica y dirige.

Frenar el pacto de Marrakech para las migraciones

¿Qué hacer, entonces? Aceptar la separación. Es decir, aceptar que aquellos que no tienen nada que ver con la lengua, las costumbres, la identidad, no entren en Francia. Es decir, urgentemente, devolver a la realidad a la Presidenta de la Comisión Europea y su proyecto de pacto para las migraciones, que instaura de hecho un derecho individual ilimitado a la inmigración, prohíbe las expulsiones de extranjeros en situación irregular y ¡empuja incluso a organizar el transporte de los voluntarios a la inmigración! El proyecto de la Comisión es el proyecto de la nueva esclavitud, los países ricos atrayendo a los hijos que ya no tienen. 

Después de lo que ha pasado, y después de tantos años de agresiones y crímenes terroristas, ¿quién puede aceptar la apertura de las fronteras de la UE a los inmigrantes ilegales, quién puede aceptar que, en las orillas del Mediterráneo, millones de inmigrantes, musulmanes en su mayoría, vean abierto el acceso a Europa, sin que los barcos sean controlados y sus pasajeros reconducidos a su punto de partida, persiguiendo y condenando a los traficantes y sus cómplices en ONGs, y los países de origen obligados a acoger a sus ciudadanos, incitándoles con firmeza a controlar sus propias fronteras? Los que hacen la promoción del pacto sobre las migraciones son cómplices de una estafa política.

El Pacto de Marrakech fue presentado como una declaración de intenciones sin alcance jurídico, pero ¡pronto será transformado en Directiva europea e impuesto a todos los Estados miembros! Sus promotores son los cómplices del aumento de las tensiones internas, y de los enfrentamientos que se producirán. Debemos respetar a los que invitamos a entrar; ¡si no queremos respetarles, en su fe, en sus costumbres, en sus decisiones, sino caricaturizarles, no les invitemos ni les aceptemos! Y que no entre nadie que no haya sido invitado. Es la vía de la paz civil, y es la vía del respeto de la diversidad humana. No queda otra que la separación. 

“No pasarán”; que se acuerden de ello cuando debatan dicho proyecto de la Comisión. Que la repitan, cuando los peores enemigos de Europa seguirán con su trabajo de destrucción de las naciones y de eliminación de las identidades nacionales. Y que se pregunten qué significa la llamada a la libertad de expresión, cuando en todas partes se multiplican las iniciativas para ahogar lo que queda de la libertad de debatir, de informar y de hablar. 

Ya sea la ley que prohíbe el cuestionamiento de las modalidades del aborto; de la que asimila a antisemitismo cualquier crítica que se haga al movimiento LGTB o quiere suprimir cualquier mención a “padre” y “madre” en los documentos oficiales; y aquella que reprime las alusiones a la “raza” –¡suerte para enseñar la Historia!–; todo ello refleja el retroceso en la libertad de expresión, que será una de las evoluciones más sorprendentes y violentas de este comienzo de siglo XXI en Europa. 

Se defiende la difusión de las caricaturas de Mahoma, pero se prohíbe cualquier expresión que pueda escandalizar a otros grupos sociales o manifestar un desacuerdo. La libertad de expresión no admite divisiones. ¿Hay que sorprenderse de que sean muchos los que concluyen que solo se ataca a su religión, y se indignan de tener que escoger entre el islam y la República, cuando llevan mucho tiempo oyendo que estaban en su casa y que el único problema era el de los franceses hostiles al islam?

La emoción es mala consejera. La confusión del buenismo es la peor enemiga del buen gobierno. Aquellos que quieren reformar la ley del laicismo deberían tener la mano temblorosa. Ya que nadie toca esos temas sin salir indemne de ello. La República francesa tiene dos siglos de vida muy agitados. ¿Cuántos milenios detrás del islam, el cristianismo, el judaísmo, el budismo, el hinduismo?

Antes de abrir el debate sobre dicha ley deberían pensarlo dos veces y mirar sin pestañear una situación debida, en esencia, a la apertura de fronteras. Que se decida primero, y antes de nada, cerrar la puerta a toda inmigración que no se haya escogido y controlado. Es la condición de la asimilación. “No pasarán” es la única fórmula que los diputados franceses en el Parlamento europeo deberían pronunciar cuando se trate de rechazar el proyecto de la Comisión, para salvar a Francia y a Europa. Fuente: www.hervejuvin.com