Nosotros, los verdaderos indígenas, por Georges Feltin-Tracol


La americanización de Europa vuelve a dar un giro preocupante. La muerte de George Floyd en los Estados Unidos ha provocado la movilización en el hexágono francés de una extraña multitud de expertos en agitación y de atolondrados jóvenes blancos, adeptos precoces del etnomasoquismo.

Comparando, sin la menor razón válida, las acciones policiales de los Estados Unidos con las de Francia, los vergonzosos grupúsculos de descontrolados que reclutan a los antifascistas, los feministas de género y los clientes de la red diplomática de subversión yanqui, acusan a las fuerzas policiales y denigran a las personalidades históricas. El 22 de mayo, en la Martinica, una banda de excitados izquierdistas derribaba las estatuas de un notorio neonazi del siglo XIX, Victor Schœlcher, por el inexpiable crimen de haber sometido a votación la abolición del esclavismo en todas las colonias francesas en 1848. Comprendemos, pues, la desesperación de estos vándalos…

Los manifestantes critican a la policía, al racismo, al calentamiento climático, a la gripe y a la disentería. Cuestionan, de esta forma, en nombre de su pobre moral, partes enteras de la historia de los más grandes países europeos. Estos revisionistas quieren imponer sus dogmas “indigenistas” y “afrodescendientes”. Desde 2005 existe, en Francia, el PIR, revelador acrónimo del Partido de los indígenas de la República, cuya figura principal sigue siendo la franco-argelina Houria Bouteldja, autora de “Los blancos, los judíos y nosotros. Hacia una política del amor revolucionario”.

Con el pretexto de la muerte de Floyd en una comunidad históricamente demócrata, pero muy mal gestionada, estas manifestaciones ilegales, toleradas por un gobierno demasiado laxo, amalgaman el inmigracionismo, el islamismo, el afrocentrismo y el racismo antiblanco en un combate anticivilizacional. Envalentonados por los “medios de ocupación mental” que fabrican una realidad casi mágica, estas nuevas manifestaciones del cosmopolitismo proceden del “genderismo” societal y del nuevo discurso “decolonial”. Resultado: los franceses de origen europeo se asfixian; no pueden encontrar las palabras, abrumados por lo políticamente correcto. Esta atmósfera les impide respirar, les priva del aliento, ese aliento vital que, en los ciclos históricos anteriores, se inspiraba en Dionisos, Apolo, Fausto o Prometeo.

Los organizadores de esta cólera artificial, con frecuencia originarios de países exteriores a Europa, se definen como “indígenas”. Juegan con un término que, en los siglos XIX y XX, diferenciaba a los colonizadores europeos de las poblaciones locales americanas, africanas o asiáticas. Pero su significado ha cambiado radicalmente. Ahora designa a los damnificados por la colonización de los antiguos y culpables colonizadores. El movimiento activista adopta un inaceptable giro semántico. Olvida que “indígena” designa, en primer lugar y ante todo, a una persona o a un pueblo originarios del país donde viven arraigados desde hace generaciones.

Los llamados “indígenas” no son, a fin de cuentas, sino neocolonizadores que se aprovechan del profundo desconcierto del hombre europeo ultramoderno. En cuanto a los que se reivindican como “afrodescendientes” de un distrito de París o de un barrio “popular” de Lille, se hunden en una extraña esquizofrenia. Si la civilización europea de expresión francesa no les conviene, deberían abandonar nuestro continente y volver a la tierra de sus ancestros. Pero, ¿aceptaría África a estos gritones, matones, profesionales de la indignación automática, a estos licenciados en psicología acultural transbinaria?

“Indígena” no es una palabra grosera. Los identitarios europeos deben utilizarla sin dudarlo. Los europeos de origen boreal son, precisamente, los “indígenas de aquí”, del continente europeo; es su incontestable privilegio, su innegable orgullo. Han dejado su huella a través de los tiempos, los paisajes y las costumbres. Deben, por tanto, retomar estas marcas y, siguiendo el ejemplo de los panafricanistas, rebautizar las escuelas, las calles y las estaciones (en lugar de Rosa Parks, Martin Luther King y Nelson Mandela, llamarlas Leónidas de Esparta, Pericles de Atenas, Catón el Viejo, Godofredo de Bouillon, Juan de Austria). Los últimos son parte de la historia europea, los primeros no. ¿Alguien recuerda que en Europa todavía existe un pueblo indígena, el último del continente, los lapones, o más exactamente los samis, más allá del círculo polar ártico?

En su magnífico “Corazón rebelde”, Dominique Venner lanzaba un vibrante llamamiento al ser indígena europeo, a los autóctonos de Europa —usemos el neologismo de la indispensable “eutoctonía”—, que había que promover entre los militantes: «Soy del país de los árboles y los bosques, de los robles y los jabalíes, de las viñas y los tejados inclinados, de las cantares de gesta y de los cuentos de hadas, del solsticio de invierno y de Juana de Arco, de los niños rubios y sus miradas claras, de la acción obstinada y los sueños salvajes, de la conquista y la sabiduría»..

Esta fundamental declaración corresponde al profundo sentimiento de los herederos de Thule que son los alboeuropeos, no a los sucesores de Gondwana que están ocupados reproduciéndose bajo nuestros cielos góticos y barrocos, románicos y clásicos, una duplicación del pandemónium de pesadilla que es Norteamérica. ■ Fuente: Synthèse nationale