Para el Papa Francisco, Europa es rica porque les ha quitado a los demás, por Benoît Dumoulin


Jean-Baptiste Noé es Doctor en Historia y escritor. En su último ensayo, François le diplomate (ed. Salvator), expone las grandes líneas de la diplomacia del Papa Francisco, resaltando los puntos fuertes pero subrayando también los interrogantes que suscita tanto respecto a Europa como a China. Prudente, el autor plantea de todos modos algunas pautas de reflexión para comprender la diplomacia de un papa que estaba, antes de su elección, desprovisto de cualquier tipo de experiencia en ese ámbito. 

Usted califica al Papa Francisco de populista, en el sentido peronista del término. ¿Qué quiere decir con eso exactamente en la medida en que el Papa se opone muchas veces a aquellos que Occidente denomina “populistas”? ¿Es correcto el término? ¿Se trata de un estilo, de una forma de hablar o hay que ver otra cosa?

René Girard ha demostrado que la rivalidad se produce muchas veces con aquellas personas que tenemos más cerca, ya que hay una rivalidad mimética entre ellas. Pero el término “populista” es, en efecto, empleado de una manera demasiado ligera y sistemática. Se ha convertido en el nuevo término de moda, demasiado utilizado y, por lo tanto, sin motivo. En el caso del Papa, corresponde a algo muy preciso. Después de numerosos teólogos y sacerdotes de América Latina, Bergoglio ha desarrollado una “teología del pueblo” en la que el pueblo no es tratado como una categoría social (como en la Teología de la Liberación), sino como una categoría mística. La teología del pueblo retoma algunos elementos de la Teología de la Liberación, pero no es materialista. 

Este pensamiento, hecho por occidentales y trasplantado a las realidades complejas de América Latina, ve al pueblo como amenazado y oprimido. Es el indígena privado de sus tierras, son las comunidades populares cuya organización es considerada mejor que las demás formas de organización política. Reactivación del mito del buen salvaje por un lado, actualización del pensamiento marxista por el otro, continuación del paganismo primitivo a través del culto a la Pachamama también, la teología del pueblo, con sus variantes, agrega todas esas formas de pensamiento. El problema es que esas ideas se corresponden raramente con la realidad. En Brasil, por ejemplo, la mayor parte de los indígenas viven en la ciudad, como los demás brasileños, y no tienen ninguna gana de vivir en la Amazonía, que es un verdadero infierno, con condiciones climáticas y humanas difíciles. Esos teólogos se han quedado en formatos de pensamiento heredados de los años 70 y no corresponden ya a las expectativas de las poblaciones. Es la razón por la que el catolicismo está perdiendo peso en beneficio de los movimientos evangelistas.  

Respecto a Europa, hay un aspecto que usted no aborda y son las relaciones del Papa con los países del grupo de Visegrado. Parece que no son buenas ya que el Papa tuvo duras palabras en agosto pasado contra los “soberanismos”. Lo dicho se dirigía sin duda contra Salvini pero pudo irritar a los países mencionados. Lo mismo con sus opiniones respecto a la inmigración, que no fueron bien recibidas en Europa central. ¿Cómo analiza usted esas relaciones?

El grupo de Visegrado no forma parte del pensamiento del Papa. Él se interesa principalmente por América Latina y por Asia, pero Europa es para él un continente que no conoce y no comprende. La incomprensión es grande en la cuestión migratoria. Para los europeos, hay demasiados inmigrantes; para Bergoglio, y un cierto número de personas en la jerarquía de la Iglesia, Europa no acoge lo suficiente y carece de caridad y visión social al cerrar sus fronteras. Son dos visiones del mundo diferentes, que no pueden comprenderse entre ellas.  

Siguiendo con el tema, parece que para el Papa todas las identidades deben ser reconocidas –es por eso que promociona la identidad indigenista en América Latina– salvo en lo que respecta a Europa, cuya vocación parece que debe ser el convertirse en multicultural. Es lo que resulta de su discurso pronunciado en Marruecos en marzo de 2019. ¿Por qué alabar toda forma de identidad autóctona cuando se está en África o América y no considerar la de  Europa? ¿En virtud de sus raíces cristianas, ¿no tiene esta vocación, en su espíritu, a ser universal y convertirse en el receptáculo de otras culturas? De hecho, ¿por qué el discurso sobre las raíces cristianas está menos presente en sus declaraciones que con Juan Pablo II o Benedicto XVI? ¿Hay ruptura o continuidad?

Es la consecuencia de su pensamiento de base sobre la teología del pueblo. El verdadero pueblo, el pueblo bueno, son los indígenas. Tienen una sabiduría innata que hay que respetar y promover. Pero en el espíritu de Bergoglio, compartido por muchos cristianos, el mundo es finito y los recursos son limitados. Por ello, si Europa se ha desarrollado solo ha podido hacerse en detrimento de los demás continentes. Europa es rica porque les ha quitado a los demás. Vieja idea marxista y maltusiana que es incapaz de pensar el desarrollo como una creación de riqueza. En consecuencia, la acogida de inmigrantes es una compensación que se hace a los pobres. Es lo que dijo directamente un antiguo dirigente de la Conferencia Episcopal italiana: hay que acoger a los inmigrantes para compensar los crímenes de la colonización. 

Europa debe, por lo tanto, expiar sus culpas puesto que es responsable de la pobreza y de los desajustes climáticos. Europa es rica, por lo que es egoísta. Esta visión finita del mundo, esta incomprensión para entender los mecanismos del desarrollo económico y humano son el fondo intelectual de un cierto número de católicos desde los años 60. Desde el progresismo derivamos hoy hacia Gaia y un nuevo paganismo donde el ser humano es eclipsado en beneficio de la Tierra. En cuanto a las raíces cristianas de Europa, tenían sentido para Juan-Pablo II y Benedicto XVI, papas profundamente europeos, que habían vivido las tragedias de la historia del continente. Bergoglio no tiene el mismo afecto por este continente. Ahí donde está a gusto, donde se encuentra cómodo, es en su jardín de América Latina, con los indígenas y las comunidades populares.  

En cuanto a Rusia, usted valora positivamente una activación de las relaciones, sobre todo en la convergencia de puntos de vista entre Putin y el Papa sobre la cuestión siria y también por el encuentro con el Patriarca Kirill en Cuba. Para el Papa, ¿se ha convertido Rusia en la protectora de los cristianos de Oriente como lo fue Francia en los tiempos de las Capitulaciones? ¿Ha reconocido el fracaso de los occidentales en la región?

Con los ortodoxos, todos los pasos están  medidos. El encuentro en Cuba entre el Patriarca y el Papa fue un momento muy importante. Es cierto que el símbolo es mayor que las realizaciones concretas, pero era a pesar de todo el signo de que la desconfianza de Moscú respecto a Roma había desaparecido. Este encuentro debía haber tenido lugar con Benedicto XVI pero fue finalmente retrasado, a pesar del respeto que Moscú tenía por el Papa Ratzinger. En diplomacia, el Papa Francisco está en la misma línea que sus predecesores y ha dado cumplimiento a un cierto número de asuntos abiertos por Benedicto XVI. 

En Siria, es una alianza de circunstancias ya que Rusia se opuso a los bombardeos previstos en septiembre de 2013 por Hollande y Obama. Aunque no haya alianza, hay acuerdo sobre el respeto de los cristianos de Oriente y la lucha contra el Estado islámico. La misma oposición también a un cambio de régimen y a la diplomacia de imposición de los derechos humanos.   

Respecto al mundo árabe, usted menciona el desplazamiento del Papa a los Emiratos Árabes. Firmó allí una declaración con frases ambiguas: “El pluralismo y las diversidades de religión, color, sexo, raza y lengua son una sabia voluntad divina”. ¿Cómo hay que interpretarlas? De una manera general, ese primer desplazamiento de un Papa a la península arábiga ¿augura un mejor destino para los cristianos en tierras del islam? 

Para comprender un texto, hay que definir su naturaleza, contexto y objetivo. Ese viaje fue obra del cardenal francés Jean-Louis Tauran, eminente diplomático, muy lúcido en los problemas planteados por el islam. Ese texto no es magisterial, es un texto diplomático, negociado entre dos partes antagonistas. No es el símbolo de Nicea. Eso es en cuanto a su naturaleza. Su contexto: el desarrollo del islamismo y la amenaza que pesa sobre los cristianos que viven en el mundo musulmán. Y, por lo tanto, la necesidad para la Santa Sede de proteger sus vidas y su libertad de culto. Su objetivo es aflojar el cerco, evitar la persecución, establecer espacios de libertad religiosa. 

La frase que usted cita es una constatación. En el mundo actual, existe una pluralidad de religiones, colores, sexos, razas y lenguas. Si eso es así, en un mundo creado por Dios, se trata de la voluntad divina. Interpretar eso como un relativismo religioso es un contrasentido. Es simplemente la expresión de una constatación de la realidad. ¿Quiénes son los destinatarios de este texto? No los cristianos, sino los musulmanes, puesto que ha sido firmado en los Emiratos Árabes Unidos por el muftí de la mezquita Al-Azhar. Se trata por lo tanto de hacer reconocer a los musulmanes esa pluralidad religiosa para que la acepten y la respeten en sus países. Una vez más, el objetivo buscado es la libertad de los cristianos que viven en el mundo musulmán. Ese texto es como un concordato firmado con los dignatarios musulmanes firmantes. Se trata también de poner a esos dignatarios ante sus contradicciones, que es el método del cardenal Tauran. Si el islamismo no es el islam, si la violencia es extraña al islam, como lo repiten numerosos mandatarios, entonces deben condenar los crímenes de los islamistas y permitir la libre expresión del culto cristiano en sus tierras. 

Respecto a China, usted se muestra prudente en cuanto a los acuerdos, y afirma que la Historia juzgará si se trata de una intuición profética del Papa o bien de una equivocación que recuerda a la Política del este alemana. Pero también hemos conocido en la historia de Francia una dimisión masiva de obispos solicitada por el Papa: fue con Pío VII en el momento del Concordato. Y los obispos refractarios obedecieron –con alguna excepción– sin ninguna gana. ¿Este paralelismo le parece correcto? 

Las situaciones políticas y sociales son diferentes. El problema de China es que el episcopado tiene muchos años y que numerosos asientos ya no se cubren. Es urgente para Roma el cerrar un acuerdo con Pekín para poder nombrar obispos en los lugares vacantes. La Santa Sede es un Estado original: no tiene ningún medio de presión y tiene unos “ciudadanos nacionales”, es decir, cristianos en todos los países del mundo, incluidas las dictaduras. Una vez más, para Roma, el objetivo es permitir a los cristianos chinos el poder vivir libremente su fe. 

El problema es que la libertad religiosa no puede existir en China, que sigue siendo un país comunista. La libertad religiosa implica necesariamente la libertad económica y la libertad política, lo cual es incompatible con la ideología comunista reactivada por Xi Jinping y su concepto de asimilación a la cultura china. Si Xi Jinping acuerda la libertad religiosa, su régimen se hundirá. La represión que ejerce en Hong Kong es del mismo tipo que la que ejerce contra los cristianos (destrucción de cruces, prohibición a los niños de entrar en las iglesias). No se puede aceptar ninguna competencia. El futuro de los cristianos chinos es, por lo tanto, oscuro, pero el rol de la Santa Sede es intentar todo lo posible para aportar algo de luz. ■ Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: L´Incorrect.