Pierre Vial, el monje-soldado, por Guillaume Faye


Cuando un amigo nos pide prologar uno de sus libros siempre es una tarea difícil. Presentar, en un prólogo, la materia de la obra que va a continuación, siempre me ha parecido inútil, ya que es hablar en lugar del autor. Así que más vale presentar al autor.

Voy pues a hablar de mi amigo Vial, aunque su modestia tenga que sufrirlo. No se atrevería a hacerlo por sí mismo. Mi libertad en el tono será, como siempre, total. Y luego añadiré, a expensas de la pluma – más exactamente del teclado –, algunas reflexiones muy personales. Disculpen el aspecto tan deshilachado de estas reflexio-nes prologares.

Pierre Vial es un “boy-scout” y un “monje-soldado”. Esto es lo que me han susurrado algunos de sus detractores. ¿Por qué no? Es una alabanza. Vial es y será siempre un despertador, un tipo que –¿cómo decirlo para hacerlo comprender?– un tío que en la pelea siempre guarda cartuchos en su zurrón. 

Pierre, sin embargo, no es agresivo. Como el jabalí, sólo ataca para defenderse. Defiende su tierra y su manada. Su itinerario tiene un aspecto caótico, pero en mi opinión no lo es. En verdad, una implacable lógica nos une, a él y a mí: fidelidad y resistencia, cada uno según su temperamento, según su arma. La divisa que conviene aplicar a Pierre Vial podría ser la de la Casa de Orange: Me mantendré. Un burgués no puede comprenderlo. Y por los tiempos que surgen, en esta aurora de este siglo de hierro, el reino del burgués está muy probablemente acabado, históricamente guisado.

***
Conocí a Vial en el GRECE a principios de los años 70, cuando dirigía la antena lyonesa de esa asociación, antes de convertirse en su Secretario general. Vial fue, históricamente, una de las cuatro o cinco personas que, después de ese mayo del 68 que señaló la toma del poder de la ideología igualitaria y cosmopolita en Francia y en Europa, realizaron una verdadera refundación ideológica, cultural y ética de nuestra visión-del-mundo, la de la resistencia y del renacimiento de la identidad europea.

Hay seis hombres a los cuales debo mucho, en el transcurso de esos cruciales y fundadores años 70: Giorgio Locchi, Dominique Venner, Yvan Blot; Pierre Vial, Maurice Rollet y Jean Mabire. Los tres primeros me abrieron los ojos sobre los cimientos filosóficos de nuestro combate, los otros tres sobre ese hilo secreto de la herencia de los ancestros, es decir, el inagotable poder del paganismo indoeuropeo.

Me acuerdo de ese artículo de Vial, mordaz y sintético, Apollon y Dionysos, que resumía y expresaba todo un imaginario que yo sentía interiormente y que me parecía expresar la esencia misma de la patria helena, transposición de la herencia hiperborea.

***
Lo que me llamó la atención de inmediato, en Pierre Vial, es su mentalidad de síntesis, de reagrupación, de superación por arriba. Vial es un hombre de la Edad Media, pero de la gran luminosidad de la Edad Media; es el de las raíces de su vieja Borgoña, pero también el de toda la Europa, pues de la landa a la estepa y de los fiordos a los sotos, es bien y verdaderamente la misma tierra. Ligado a Francia, pero eurosiberiano, enamorado de la madre Grecia así como de la herencia germánica, arraigado y vuelto hacia el futuro –es decir, ¡arqueofuturista!–, pagano pero defensor del alma de las catedrales y del espíritu templario, es el hombre de la contradictio oppositorum, de la coincidencia de los contrarios. Historiador agregado y topógrafo de las montañas invernales (me acuerdo, oh, hace mucho tiempo, de una balada nocturna en el macizo del Eiffel nevado y de una noche terrible, bajo el penetrante hielo, pasada en la cima del Puy Marie), Vial nunca ha soportado a los que tienen pájaros en la cabeza, a los pesos muertos (definición de Nietzsche) y a los intelectuales bien instalados.

Su modestia, su simplicidad y su fuerza vital, su determinación, su gusto por la pelea, así como de los estudios eruditos y de la búsqueda espiritual hacen de Vial un tipo situado entre la “primera” y la “segunda” funciones. Con su boca de lansquenete, en otros tiempos, y en otros lugares, Vial hubiera sido Temístocles, William Wallace o el comandante de a bordo del crucero de asalto espacial Edelweiss ¡defendiendo las fronteras del Imperio galáctico! Vial es una curiosa mezcla de los personajes de Rabelais, Víctor Hugo y Jünger.

***
Vial y yo mismo abandonamos el GRECE –como muchos otros– a mediados de los años ochenta. Él para irse al FN, yo hacia… el pub y luego el “show-business”. Este desvío, este largo desvío de espía en el sistema enemigo se me ha reprochado mucho, como a Vial su recorrido político. Sin embargo, nuestros detractores pueden estar ahora decepcionados, pues henos aquí, quince años después, todavía más solidarios, todavía más ofensivos.

Durante estos quince años, durante los cuales nos habíamos perdido de vista, seguí en la prensa bienpensante las aventuras de Pierre Vial y principalmente el ascenso de su terrible bebé Terre et Peuple, cuya denominación es por sí sola todo un programa, tal como un clavo en el zapato de los enemigos y de los falsos amigos. ¿”Tierra y Pueblo”? ¡Qué palabras tan horribles y subversivas! Pero todo esto no es moderno. No, no es moderno, pues la modernidad es mugrienta, en avanzada descomposición. Tierra y Pueblo: es totalmente futurista. Hablo como antiguo publicista, pero también con convicción. ¿El futuro no estaría entonces en la “aldea global” del viejo McLuhan? ¿En la fast-foodización generalizada? ¿En las ensoñaciones sesentayochistas de una sopa humana sacudida por el sonido de los tam-tams americanomorfos? Pues no: el futuro, como siempre, pertenece a los pueblos y a las tierras que éstos habitan. Como siempre. Y hoy más que nunca. E internet, en contra de lo esperado, no hará más que reforzar el fenómeno.

Oh, frecuentemente me han sermoneado que “la idea de arraigo territorial y popular era obsoleta”. Nunca replico, sino que objeto: ¿"Cómo es que no están obsoletas la fuerza de la gravedad, la pulsión sexual, la defensa de la progenie o la redondez de la Tierra”?

Terre et Peuple es la obra de Pierre Vial, que corresponde a una de sus ideas constantes, podía decirse un objetivo de “pedagogo”, pero que está en la base de todo compromiso político: la formación ideológica y cultural, la escuela de pensamiento. Esta idea, las sociedades de pensamiento “subversivas” que prepararon la revolución, como los comunistas, lo comprendieron muy bien: un combate político nunca puede ir adelante si se basa en la simple intuición, la emocionalidad, el impulso. Debe estar estructurado mediante una “visión del mundo” organizada. Y ésta, en lo que concierne al combate identitario europeo (pero que fue válida antaño también para el movimiento obrero) no puede quedarse atascada en la historia y en un proyecto de civilización, los dos pilares de cualquier empresa de esta naturaleza, es decir, en la memoria y en la voluntad. Pero – consejo de amigo libre – T&P no puede afiliarse a ninguna capilla y no pretender tampoco ningún monopolio. Debe ser un batallón del gran ejército de aquellos que levantan la cabeza, y ello a escala europea.

***

El compromiso de Vial con la política resultó, para muchos, algo contradictorio: ¿cómo es el antiguo secretario general del GRECE, partidario de una línea “metapolítica”, estrictamente ideológica y cultural, podía implicarse en la acción política? De hecho, Pierre Vial, así como yo mismo, evolucionó en su análisis. No podría haber una “metapolítica pura”, ¡y nunca el “gramscismo” contempló lo cultural y lo ideológico en ruptura con lo político!

En realidad, la metapolítica es inseparable de la política, que es su puesta-en-marcha. Todo difusor de ideas habla en el vacío si no contempla que algún día se encarnarán sus ideas bajo forma política, como proyecto de sociedad. El combate cultural y el combate político son las dos piernas de un mismo corredor. El combate cultural desconectado de lo político se quedará como un discurso sin aplicación; y el combate político privado de proyecto cultural y de reducción ideológica ya no se distingue de la competi-ción electoral. Las “sociedades de pensamiento” que prepararon la revolución de 1789 tenían ciertamente un objetivo político, así como actualmente las ligas y las asociaciones ideológicas trotskistas o musulmanas.
***
Otro punto chocante en Vial, y que le distingue mucho de los “intelectuales” que desean reconocimiento social (sin lograrlo jamás, evidentemente), es la ausencia total de concesión ideológica. Frente a los desafíos dramáticos que se le plantean hoy a Europa, Vial, como yo mismo, endureció su discurso. Él es uno de los (demasia-do) escasos que han entendido que las ideas son armas y no disertaciones eruditas, que ha osado señalar a los verdaderos enemigos sin dar rodeos, que ha comprendido que el eje central es hoy la salvaguarda de la identidad –y de la existencia– de nuestro pueblo en peligro sobre su propia tierra.

Allí donde, pues, tantos pensadores, escritores o filósofos autopro-clamados ablandaban sus palabras a medida que los retos se endurecían, hasta el punto de volverlas insignificantes, allí donde tantos militantes fanfarrones puros y duros de los años 1970 “olvidaban” pura y simplemente sus convicciones por razones de carrera, Pierre Vial fue uno de los pocos de mi generación, no tan sólo a no renunciar al combate, a no edulcorar su discurso, sino, con gran cualidad, a reforzarlo. Allí donde los otros reculaban siguiendo la vieja coartada de los oficiales miedosos, la del “repliegue táctico”, Vial hacía de la contraofensiva su razón de ser. En este sentido, él es siempre para mí un ejemplo y un poderoso envalento-namiento, un aliado precioso, en el momento en que me enfrento, cara a cara, a la policía del pensamiento. Vial es el hombre del juramento. Continuad leyendo, vais a comprender…

***
Después de trece años ausente del combate –digamos la palabra– directo, y de inmersión total en esta sociedad enemiga donde he realizado el papel de espía para extraerle todas sus fibras, me encontré con Vial en la estación de Lyon en París, si, trece años después. Habíamos envejecido un poco los dos, pero no demasiado. Tuve inmediatamente la impresión de no haberle visto desde el día anterior. Nuestro análisis era común: en estos tiempos de urgencia, hay que dejar de disertar sobre el sexo de los ángeles cuando los bárbaros asedian las murallas, es preciso ir a lo esencial, hay que desenvainar –no la pesada espada, ya que aún no la tenemos– sino el fino estilete que graba y que mata. Hay que movilizar a la juventud, la flor de la juventud, formarla en cuerpo, alma y mente, y prepararla para el inevitable enfrentamiento que se prepara.

***
Una cuestión está en la boca de algunos, frecuentemente me la han planteado: es la implicación de Vial en el MNR tras su salida del FN. ¿Qué pensaba yo de ello? No pienso nada y ese no es mi problema. Yo siempre he estimado, reflexionando en términos históricos y no inmediatamente políticos, que un divorcio, que una ruptura de este calibre constituye un fracaso y un debilitamiento general. Las peleas, los rencores, las divisiones que destrozan a este ambiente hacen pensar irresistiblemente en la desunión de las tribus galas, en los conflictos entre las ciudades griegas, pero también en las incontables guerras civiles europeas. Como si existiese un atavismo trágico, un síndrome de la ruptura y de los duelos fratricidas, que, desde hace mucho tiempo, paralizasen la acción común.

***
Pierre Vial siempre ha estado ligado, y el adjetivo es débil, a las tradiciones ancestrales europeas y a la defensa de la identidad de nuestra civilización, pero sin sucumbir jamás al “tradicionalismo” reseco y alejado de los combates, a la museización de nuestra herencia; siempre ha sabido hacer activas nuestras tradiciones, situarlas en perspectiva histórica, allí donde muchos otros se contentan con ser los escribas recensores de etnografías puestas en formol. Es decir, religar las tradiciones (“lo que se transmite”) hacia el futuro; y lo primero que se transmite es el suelo y la sangre, dos valores fundamentales. Con, evidentemente, esa famosa voluntad de poder nietzscheana que, con el concepto de identidad, forma un binomio inseparable. Pues la identidad es la autoafirmación; no es tanto el “etnopluralismo”, concepto ambiguo, como el etnocentris-mo: cada cual en su casa, cada cual para sí, que cada cual se piense y se quiera lo mejor.

***
Señalaremos en el “ambiente” a dos tipos de hombre: En primer lugar, aquellos que rechazan francamente ocupar su puesto, que temen al sistema, que nunca se atreven a abordar los problemas centrales, que se refugian a veces en el intelectualismo estéril. Que temen comprometerse y que no manifiestan ninguna solidaridad. Éstos no dejarán ningún rastro en la historia; son burgueses esquizofrénicos (en los que la “astucia metapolítica” es siempre su coartada) que en privado se desatan en delirios folclóricos de sensaciones fáciles y, en público, en lo políticamente correcto. Nunca se arriesgan.

Y luego, hay una segunda categoría: aquellos que afirman alto y claro sus ideas, radicalmente, sin extremismo, pero sin concesiones, sean cuales sean las reacciones del sistema. Los primeros son necesarios si sacan la chequera –pero raramente lo hacen. Los segundos son el alma misma del renacimiento europeo, su cuerpo central de batalla.

Es inútil precisar que Pierre Vial pertenece a la segunda categoría.

Terre et Peuple, objetivamente, es actualmente en Francia la principal fuerza de combate y de acción metapolíticas y culturales por la identidad europea, cuyo objetivo es la formación y la preparación de una elite de la juventud. Es un gran éxito y lo digo con mucho agrado puesto que mi posición estratégica de “electrón libre” me prohíbe pertenecer a una asociación o partido cualquiera, grupo, movimiento –incluso Terre et Peuple–, con el fin de poder hablar y publicar en todas partes donde se me invite sin comprome-ter a nadie por mis palabras.

Y yo hablo con conocimiento de causa –en el transcurso de mis conferencias, invitado por las organizaciones más diversas, ha sido siempre en T&P donde he sentido la asistencia más numerosa y sobre todo la más joven.

Evidentemente, hay que desear, en un espíritu de conciliación, de defensa y de ofensiva comunes, el reagrupamiento de todas las fuerzas vivas, sin ningún egoísmo de capilla. Conviene unirse desde arriba, hacia ese cielo donde convergen las cúpulas de los templos, las agujas de las catedrales y las ojivas de los misiles.

***
Muchos dicen: “¿Para qué?” Estaríamos ya vencidos, sólo contarían los duelos de honor. El barco hace aguas, todo está perdido salvo el honor. Pero no. Nunca se gana nada, nunca se pierde nada. Nuestro pueblo tiene siempre inmensos recursos. Como un boxeador golpeado en la mandíbula y que se recupera. Nuestra tierra es siempre fecunda, como el vientre de nuestras mujeres y nuestras hijas, pues nuestra tierra no es solamente Borgoña, Bretaña, Ática, Francia, Alemania. Nuestra Tierra es Eurosiberia, el Imperio del Sol, el dominio de Apolo y Dionisos, del Atlántico al Pacífico, inmenso espacio sobre el cual el sol no se pone nunca.

Seamos optimistas, tengamos confianza. Confianza en el poder de la voluntad, confianza en la modesta y trémula llama que somos. Ella, que puede incendiar el mundo. Nuestras viejas tradiciones son el arco vibrante del futuro. 

No despreciamos a ningún pueblo, combatimos por la pluralidad de las Identidades, ciertamente, pero en primer lugar por la nuestra.

Los mismos sueños, las mismas certezas y la misma voluntad; un trirreme cargado de guerreros con cascos dorados que navega hacia Salamina, el haz de lanzas aceradas de los de Leónidas frente al persa, la actitud del Cid vencedor del moro, las piedras erigidas en la landa, el teatro de Epidauro con ecos de mármol, la magia trágica de Van Gogh, Pérouse en el crepúsculo, la boca de bronce de un viejo emperador inmóvil en su lucidez soberana, el rugido de las divisiones acorazadas en el aire helado de la planicie blanca, el Partenón revelado en todo su esplendor, nuestro amigo el Doctor Fausto, la pequeña sirena lánguida danesa, la isba secreta y sus complots alrededor del fuego de carbón, el susurro del follaje en el corazón de Brocelianda, el golpe sordo de las viejas músicas tesalias o célticas –pesadillas de nuestros enemigos–, las agujas invictas de la catedral de Colonia, que resistieron indiferentes a los escupitajos de los simios voladores, las cuatro hermosas torres redondeadas de la central nuclear de Cattenom, la sonrisa inquietante de Jean de la Fontaine, la valentía de los mineros a mil metros bajo el suelo, Ariane la victoriosa entre el tronar de los motores, las ruinas gloriosas del santuario de Delfos, tal es la saga de Europa.
Se podrían añadir páginas enteras. He aquí nuestra razón de vivir, de combatir. Ella es invicta e invencible. En la mirada clara de nuestros hijos se halla este brillo danzante, que pasa del espectro amarillo al azul y que, poderosos dioses, se parece mucho a la mirada del lobo. Señor lobo, siempre cazado y siempre regresado.

***
En la historia, los calculadores serán siempre vencidos. Hacen siempre malos cálculos, esos exegetas del sentido de la historia. Son los realistas y no los creadores. Siguen las curvas, las tendencias, prolongándolas mecánicamente, sin pensar que el viento puede cambiar de sentido, que los poetas y los visionarios están más dotados que los expertos, sin saber que el curso del destino humano, como lo vivió Heidegger, se parece a esos “senderos forestales” (Holzwege) donde, en cualquier momento, tras un viejo roble, “el Gran Dios Pan puede resurgir” (según el autor de ciencia-ficción escocés Machen en The Great God Pan).

La realidad nunca se conforma a la razón humana, sino a su sola voluntad. Entre los dos términos, el destino juega, evidentemente, su juego de azar, pero es la ecuación blanca de los matemáticos. El destino es imprevisible, pero deja siempre un lugar para la voluntad. En resumen, no hay fatalidad.

Son incontables los que tienen miedo ¡aunque en el fondo no se arriesgan gran cosa! Los que se esconden, ocultan la cara, sin atreverse a enfrentarse de frente a un enemigo sin virtud. Nunca los retos habrán sido más fuertes ni más duros, pero nunca en el fondo el enemigo habrá sido más vulnerable y más estúpido en sus represiones y sus censuras. Morirá, como muere la rosa, tras su triunfo aparente, su florecimiento ficticio. La roca Tarpeya está cerca del Capitolio. Y para aquellos que sienten escrúpulos para lanzarse al asalto, en estos tempestuosos tiempos anunciados y deseados, bajo excusas pseudo-maquiavélicas, hay que recordar que, según el mismo Maquiavelo, el falso truco es la máscara del miedo.

Es preciso recordar también una reflexión, además muy sencilla, como todos los relámpagos filosóficos, formulada por Hegel: La idea se encarna en la historia. Mucho se han reído de este “idealis-mo alemán”. Sin embargo, se verifica sin cesar. Nietzsche y Marx se inspiraron grandemente en ello, aunque de manera divergente, pero poco importa. Principalmente no significa que haya un sentido de la historia, sino más bien al contrario, un contrasentido es posible, dicho de otro modo, una Idea, es decir, una visión de mundo, incluso a la inversa de las tendencias observadas puede imponerse en la historia si es dirigida por el poder de la voluntad, la de una minoría consciente.

Pero hay que recordar en todo momento que son siempre las voluntades minoritarias las que hacen la historia, en momentos breves, fulgurantes, inesperados, revolucionarios. Un huracán que dura cuatro horas permanece con más fuerza en las memorias que un vientecillo tibio que sopla durante años. Creo que el recorrido de Pierre Vial es el de un idealista posthegeliano. Cree en la encarna-ción de la idea voluntarista en la historia y que ello bastará para invertir el curso de las cosas. Menuda ingenuidad de boy-scout, ¿no es verdad? Pues bien, no. No es ingenuidad, es valentía y lucidez histórica. Comparto totalmente el idealismo de Vial. Es un pole-mophilos, un camarada de guerra, y estamos en el mismo campo, del mismo ejército, incluso si, como electrón libre, o más bien corsario, voy por todas partes, sin hablar en el nombre de quien sea, salvo en el de mi pueblo pasado, presente y por venir.

***
Y luego hubo ese juramento, el juramento de Delfos, pronunciado por iniciativa de Pierre Vial a principios de los años 1980. Nunca lo he olvidado. Jamás se reniega de un juramento; incluso ni la voluntad divina puede rebajarlo. La aurora se alzaba sobre las ruinas del santuario de Apolo, en Delfos. Éramos un centenar, llegados de varios países de Europa: Grecia, Francia, Bélgica, Italia, España, Alemania… Pierre Vial quiso organizar el ceremonial. Frente a la Estoa, juramos no traicionar jamás, nunca fallar, siempre combatir por la identidad de nuestro pueblo europeo. Esa mañana, en ese lugar habitado por la invencible fuerza solar, pero también por esa sombría energía venida del suelo rocoso, Pierre Vial jugó el papel de egregor. Es decir, de congregador alrededor de una llama sagrada que no debe apagarse nunca. Conozco a quienes no han olvidado este juramento. Están siempre presentes. Como rocas.

Las nuevas generaciones, mi querido camarada Pierre, deberían ellas también renovar ese juramento, en el mismo Delfos. Con el fin de que, edad tras edad, el fuego se transmita. Con el fin de que la juventud se regenere. Voy a acabar con una sentencia a la que Pierre Vial tiene mucho cariño, que es, según nuestras viejas leyendas, la última profecía de la Pitonisa de Delfos: Algún día, Apolo regresará y será para siempre.

Sí, algún día nosotros repetiremos el Juramento de Delfos, vueltos hacia el Este, hacia el sol naciente. © Traducción: Jordi Garriga