Por una política de la civilización, por Hervé Juvin

 

La constatación de la muerte clínica del multiculturalismo está hecha ya desde hace tiempo. Pero todavía subsiste un modelo, el "melting pot" norteamericano, del que una intensa propaganda lo convertía en el sistema universal del mundo del mañana en el cual ni el origen, sexo, edad, lengua o cultura tendrían ninguna importancia. Quien tiene el oído fino lo ha entendido: solo el dinero marca la diferencia entre los desposeídos de todo, ¡salvo de su tarjeta de crédito!

La explosión de violencia que afectó a 48 de las 50 ciudades más importantes de EEUU y provocado 600 altercados en 200 ciudades marca el fracaso del multiculturalismo en dicho país, que pretende imponerlo al resto del mundo. El multiculturalismo no es la coexistencia feliz de las culturas; es la destrucción de cualquier cultura. La cultura es eso que resiste; lo que pone los límites. 

La propaganda interesada que sumerge a Europa nos lleva a leer el conflicto interno en los EEUU como un conflicto racial (los descendientes de esclavos contra los de sus dueños, todos culpables de conservar sus privilegios). Nada  más lejos de la realidad. Todas las imágenes lo muestran: los blancos son más numerosos que los negros, por lo que es imposible justificar una lectura "racializada" de los hechos recientes, salvo que observemos que los asiáticos están casi ausentes de las manifestaciones, y que el voto a Trump en la comunidad afroamericana ha aumentado significativamente. Asunto de cultura, sin duda...

La realidad del momento "Black Lives Matter", como el de "Occupy Wall Street", es la ausencia de cultura común, de adhesión a un proyecto nacional y a unas reglas de vida común, una ausencia que sacude a EEUU, como sacude a las naciones que han trasladado al crecimiento la cuestión de su unidad de cultura y civilización. El naufragio cultural que ahoga a EEUU es una verdadera amenaza.

Es decir, el problema que explota en EEUU no es racial; es cultural. Es el retroceso abismal de lo común y lo colectivo. Y es la ausencia aterradora de cultura. Tres fenómenos se conjugan para dar la vuelta a lo que fue la aspiración a la alta cultura de los grupos sociales norteamericanos más favorecidos, la que les llevó a adquirir tantos cuadros impresionistas y abstractos; a acoger en las mejores condiciones a tantos intelectuales y sabios europeos; la que hizo que su territorio fuera elegido por la "French Theory" (para su infortunio y el nuestro). 

Primero, condición misma del "melting pot", la negación de la historia. En EEUU, un cruce no tiene más que tres vías: la que refleja de dónde viene uno no cuenta. Después, la increíble violencia de una sociedad que ha estado en guerra tres de cada cuatro años desde su nacimiento; que está basada en la exterminación de los indígenas y en la esclavitud en masa, y ¡cuyo derecho organiza la primacía del rendimiento financiero y el interés del capital sobre el derecho de las gentes!

Esa violencia se vuelve hacia el interior: cuando el propietario de Amazon, Jeff Bezos, rechaza el aumento del salario mínimo a 30 dólares por hora mientras que gana... catorce millones de dólares por hora, ¿quién no ve la violencia en ese hecho? La ausencia de cultura, es decir, esa facultad proporcionada por la compañía de los grandes libros, el arte y el saber, para tomar distancias, para olvidarse de uno mismo y sujetar sus pasiones con el fin de comprender al otro. La reflexión está prohibida a una sociedad norteamericana que no sabe ya preguntarse el porqué, pero que está obsesionada con el cómo.

Todo ello nos empuja a repensar la idea nacional, la realidad nacional, la idea europea y la realidad europea. Europa es una civilización. Y cada nación europea en el interior de dicha civilización común propone una lengua, una cultura, un modelo de relaciones, de orden y buena vida que le son propios. Reconocerlo es abandonar la idea de una universalidad europea que no convence; los pueblos europeos han abandonado su identidad, fronteras y su civilización en nombre de valores universales que se suponía iban a unir a la humanidad, y la Unión europea las iba a encarnar. Ahora descubren que han abandonado lo que constituía la verdadera fuente de su riqueza para nada; ningún otro pueblo en el mundo está dispuesto a seguirles en su locura sacrificial.

Esto nos llama a redescubrir la nación como cultura y a Europa como civilización. Una entre varias. Por lo tanto, separadas, tanto para continuar siendo lo que son, como por respeto a las otras culturas y civilizaciones que no son como ella ni tienen por qué serlo. Libres de afirmar su diferencia, esa afirmación y los conflictos que ha suscitado son el motor de Europa, un motor destruido por cualquier esfuerzo de uniformización. Por lo tanto, dispuestas a preferirse a ellas mismas, porque la pertenencia es un bien común que se defiende, se alimenta y se protege. Esto sitúa el reto político de la nación como cultura y como civilización; el reto de las naciones libres en una Europa libre. ¿Quién lo encarnará? Fuente: Éléments pour la civilisation européenne.