Pueblo y Nación en el discurso identitario, por Jean-Yves Camus


El pueblo y la etnia contra la nación

En el discurso de la derecha radical, el término pueblo designa generalmente a la comunidad de individuos dotados de un sustrato étnico común y que viven sobre el territorio de un mismo Estado, mientras que la nación es el marco histórico-institucional que garantiza, particularmente por medio de sus atributos de soberanía, la perennidad del pueblo en tanto que colectividad viva. Si la nación muere ‒tema predilecto de la retórica lepenista‒ el pueblo se disuelve y desaparece.

Pero, sin embargo, el movimiento NR (nacional-revolucionario o nacional-bolchevique, representado por Nouvelle Résistance) se distingue del FN (Front National) en que casi nunca hace referencia a la idea de Estado-nación y en que valora, por el contrario, las ideas de “comunidad”, “etnia(s)” y “pueblos(s)” que fundamentan la visión del mundo de las derechas etnodiferencialistas. 

En el discurso NR, el término “pueblo” es, ciertamente, utilizado con frecuencia como sinónimo de “etnia”. Pero, hecho excepcional en los círculos de las derechas radicales, el grupo no niega la existencia de conflictos de clases, incluso “de clase”, en el seno del pueblo e incluso se apoya sobre ello para desarrollar una problemática llamada “revolucionaria”. «El desempleo se ha revelado como un fenómeno estructural del capitalismo moderno y en punto de apoyo de la patronal para hacer capitular a los trabajadores respecto a todas sus reivindicaciones».

En revancha, en el texto ideológico fundador del movimiento, titulado “Por qué combatimos”, la palabra “nación” jamás es utilizada: ésta no aparece, mientras que, en el otoño de 1997, Nouvelle Résistance reafirma su línea de colaboración con el Front National y el conjunto del “movimiento nacional”, adoptada en el transcurso de su congreso de octubre de 1996:

«Cuando nuestra nación vive horas decisivas, mientras que nosotros asistimos al crecimiento de un gran movimiento nacional y popular que responde a las inquietudes y atenciones del pueblo francés, cuando se movilizan contra aquél las fuerzas del sistema antipopular, de la extrema izquierda a la derecha conservadora y reaccionaria, el movimiento nacionalista-revolucionario y revolucionario-conservador está ausente de la cita con la historia». 

Todavía el contenido del término se define en oposición total con la definición comúnmente retenida por las derechas nacionalistas radicales: «¿Qué nación? No los Estados-nación que conocemos actualmente y cuya realidad, en términos de mito movilizador, es cada vez más débil. No, las naciones que nos interesan son las que llevamos en la cabeza y en el corazón».

Esta nación se define como un espacio supracontinental (una especie de “gran patria”) en el interior del cual el individuo se define por relación a una identidad étnica, una “pequeña patria”: «En la cabeza, es la Gran Europa, el Imperio Eurasiático de Galway a Vladivostok, la nación imperativa, la nación a construir. En el corazón, son nuestras patrias carnales, nuestras regiones, nuestro Flandes, nuestra Bretaña, nuestra Córcega, etc.».

En esto, el discurso NR difiere del propio de otra rama del movimiento nacional-bolchevique que se reclama también heredero ideológico de Jean Thiriart y que está representado por el “Partido comunitario nacional-europeo” (PCN), que rechaza la apelación de extrema derecha y que es especialmente activo en Bélgica. En efecto, en la Europa tal y como la concibe el PCN existe un espacio para las entidades étnicas fundadas sobre la adecuación al territorio, la lengua y la etnia: es una “Europa unitaria” (el grupo quiere “la unificación de nuestra patria continental”), un poder político único, gobernado por un partido único organizado en “secciones regionales” que no se corresponden para nada con el marco de los Estados-nación. Mientras que los NR mantienen contactos en Europa en el seno de una estructura llamada “Frente Europeo de Liberación” (FEL) y con otros grupos organizados sobre bases nacionales, el PCN está constituido por “redes de expresión” lingüísticas (francofonía, neerlandofonía, magiarfonía, etc.). En este espacio, el ciudadano no está ligado por ninguna atadura a la etnia o al grupo nacional: sólo es europeo, siguiendo en esto a Thiriart.

«En la Organización, el militante habrá de renunciar a su pequeño nacionalismo de origen hasta lo más profundo de su espíritu (…) A título de ejemplo, los hombres que todavía se apasionan con el movimiento flamenco o el surtirolés, no están absolutamente prestos moralmente para comprometerse en la lucha por la unificación de Europa». 

Identidad(es): la lógica etnodiferencialista

El etnodiferencialismo, totalmente opuesto al universalismo, consiste, no en el racismo jerarquizante que establece la superioridad de una raza sobre otra, sino en el desarrollo separado de los pueblos y de las culturas: como lo explica Pierre-André Taguieff, una suerte de “fobia por el mestizaje”. El discurso etnodiferencialista absolutiza las identidades y defiende un modelo social en el cual cada comunidad étnica (o religiosa) puede organizarse de forma autónoma en torno a sus propias normas éticas y jurídicas.

El programa de Nouvelle Résistance defiende así «el reconocimiento de los otros en tanto que tales, a los que debemos ayudar a ser ellos mismos, rechazando toda lógica asimilacionista o genocida (etnopluralismo)». Esta formulación es la eufemización de la que, más radical, contenía el programa de la tendencia dirigida por Christian Bouchet antes de la creación de Nouvelle Résistance, y que declaraba «oponerse al mestizaje generalizado de nuestro pueblo por la inmigración». 

Es también en nombre del etnodiferencialismo que Nouvelle Résistance considera a ciertas comunidades, sobre las que el movimiento piensa que ellas siempre rechazarán asimilarse, como aliados objetivos. Es el caso de los musulmanes:

«Frente al nuevo orden mundial, frente a Occidente, frente al sionismo, así como contra la inmigración y la asimilación, los musulmanes pueden ser valiosos aliados en nuestro combate». 

La adhesión al etnodiferencialismo implica, en el discurso nacional-bolchevique, la omnipresencia del término identidad: NR defiende las “identidades populares” y la “afirmación identitaria”. Esta identidad, no definida con precisión, es siempre descrita como alienada por todo aquello que es exactamente opuesto del etnodiferencialismo, a saber, el modelo universalista dominante, mientras que el pueblo es descrito como sometido a un proceso de confiscación de los poderes que debe ser recuperados en una “verdadera democracia”. Este tema del complot mundialista contra las identidades es parte integrante de un discurso largamente fundado sobre la lógica conspiracionista y el vocabulario de la manipulación: existen fuerzas ocultas que destruyen a los pueblos (los lobbies cosmopolitas). Así, para Jeune Résistance, «el sistema trata a los pueblos como a un virus sobre los débiles tejidos del cuerpo humano (…) Dominar, esclavizar, parasitar y saquear, por todos medios, a los pueblos, son las constantes del sistema».  El medio principal de esta dominación es la “ocupación”, que no es tanto la de un espacio territorial (por ejemplo, la existencia de bases militares americanas en Europa o las fuerzas de la ONU en Bosnia) como la de los espíritus: «La única preocupación de los poderes en todo el Occidente americanizado y en la Europa ocupada consiste actualmente en despolitizar a las masas». 

Desde esta visión, los que se oponen a esta desposesión emprenden un trabajo de reapropiación identitaria: «Queremos volver a ser nosotros mismos luchando contra todas las alienaciones que nos hacen ser algo que no somos». 

Un marco político: la Europa de las etnias

Partidaria del “rechazo de toda lógica asimilacionista o genocida” (etnopluralista o etnocida), la corriente nacional-bolchevique adopta una actitud favorable a los regionalismos, autonomistas o independentistas, que quieren hacer explotar el Estado-nación; así, por ejemplo, el nacionalismo corso o el flamenco (NR está bastante vinculada a la revista flamenca Wij Zelf, publicada en Francia), igual que la rama española del FEL, mantiene incluso las causas de los nacionalismos vasco y catalán:

«El pueblo corso, su cultura, su identidad, su integridad, están en peligro. De hecho, las cosas son simples: por un lado, una ideología mundialista, cosmopolita, cuyos representantes detentan el poder en todo el mundo occidental. Por el otro, una concepción del mundo arraigado, comunitario y popular». 

El espacio de desarrollo de las identidades absolutizadas ya no es el Estado-nación, sin una Europa federal en la cual cada etnia posea su autonomía estatal y cultural:

«Nouvelle Résistance propone una reconstrucción de Europa desde la base, conforme a la tradición “comunalista” de la que ella es heredera. Una reconstrucción política a partir de comunas autónomas federadas en regiones autónomas, ellas mismas asociadas en confederaciones étnicas o y geopolíticas incluidas en una federación europea».  En el seno de este espacio, los pueblos tendrían relaciones definidas por una jerarquía de las solidaridades: en primer lugar, la de los individuos, en el marco de la «autonomía de diversos componentes territoriales y étnicas de estos bloques» y de «la solidaridad en el seno de cada pueblo entre sus miembros». A continuación, la de «los pueblos en el seno de un mismo bloque continental»; en fin, «la solidaridad de todos los pueblos en su lucha contra el imperialismo».

En fin, si la palabra “raza” está prácticamente ausente del vocabulario nacional-revolucionario (o nacional-bolchevique), mientras que las pertenencias de clase social jamás son negadas (NR posee un filial llamada Résistance ouvrière), algunas formulaciones manifestadas en los últimos tiempos demuestran que, para NR, la noción de substrato biológico común a las etnias que viven en el espacio territorial francés o europeo, es muy valorizada: así, por ejemplo, Thierry Maillard hablaba de la «defensa de la unidad biológica del pueblo francés en su diversidad». © Fuente: Mots