Reflexiones sobre el movimiento identitario, por Stéphane François


El término “Identitario” es una expresión genérica que reenvía a una corriente de la derecha radical francesa aparecida en abril de 2003, a través de la creación del Bloc Identitaire-Mouvement social européen sobre las cenizas de Unité Radicale, pero cuyas ideas preexisten desde finales de la década de los años 80 del siglo pasado. Las principales estructuras identitarias francesas continúan siendo los grupos Terre et Peuple, animado por Pierre Vial, Jean Haudry y, hasta su fallecimiento, por el escritor Jean Mabire, y el Bloc Identitaire, dirigido por Fabrice Robert, Guillaume Luyt y Philippe Vardon, en torno a los cuales gravita un cierto número de electrones libres, como fue el caso de Guillaume Faye en su momento, o de estructuras político-culturales regionalistas, como “Alasace d´abord”.

Esta corriente de la derecha radical es conocida por sus posiciones extremas frente a la inmigración, particularmente la islámica, y por su defensa de la civilización europea y de los europeos, una defensa que se expresa a través de tesis geopolíticas.  Este último aspecto será analizado en la parte final de este artículo, a través de las tesis de su principal ideólogo identitario francófono, Guillaume Faye, cuya obra “Por qué luchamos. Manifiesto de la Resistencia europea”, cuyo basamento teórico, bastante influido por una visión etnicista de la geopolítica, es considerado por los identitarios como el manifiesto del pensamiento identitario, así como su “diccionario fundamental de palabras clave”.

En efecto, según Pierre Vial, “faltaba en la corriente identitaria una auténtica doctrina de síntesis ideológica y politológica que más allá de todos los partidos, tendencias, capillas y sensibilidades, reuniese finalmente, en torno a ideas y objetivos claros, al conjunto de las fuerzas que se oponen al dramático declive de los europeos (…) Como fue para la izquierda en el siglo XIX el “Manifiesto del Partido comunista” de Karl Marx. “Por qué luchamos”, está destinado a convertirse en el manual de base de las fuerzas identitarias europeas del siglo XXI. Su posesión y su atenta lectura son absolutamente indispensables”. 

¿Qué son los Identitarios?

Políticamente, los Identitarios defienden una especie de “socialismo etnicista”, bajo la influencia manifiesta del ex-SS francés Saint-Loup (seudónimo de Marc Augier), que puede resumirse de la forma siguiente: «ayudar a los “nuestros”, en el sentido racial de la expresión, antes que a los “otros”. Seamos capaces de esta reflexión elemental: ¿un europeo está en dificultades? Yo le ayudo. ¿Por qué? Porque es un europeo. Yo hago por mi comunidad lo que otros hacen por la suya. Espontáneamente. Naturalmente. Legítimamente».  Es en esta óptica que los Identitarios distribuyen desde 2003 las famosas y mediáticas “sopas de cerdo”, excluyendo así a los musulmanes y a los judíos. 

Además, el Bloque Identitario y Tierra y Pueblo han establecido el “Consejo Representativo de Asociaciones Blancas”, inspirados sobre el modelo del CRAN (Consejo Representativo de las asociaciones negras de Francia) y del CRIF (Consejo Representativo de las instituciones judías de Francia). Un llamamiento en este sentido fue lanzado en 2004 por la revista de Terre et Peuple: «Nosotros llamamos a los europeos preocupados por seguir siéndolo a que se reagrupen, a unirse para ayudarse y dotarse así de los medios para existir. En cuanto a los europeos que no hagan esta reflexión de salvación, tanto peor para ellos… porque ellos se están muriendo». 

Los diferentes grupos identitarios rechazan el mestizaje, visto como un etnocidio, y la inmigración, percibida como una colonización de Europa, con eslóganes explícitos como “pas de kärcher, mais des charters”, así como lo que ellos llaman el “racismo antifrancés”, que se manifestaría por un “etnomasoquismo”, es decir, una culpabilización permanente de los pueblos europeos y en una ingenua xenofilia. Pero sus principales objetivos continúan siendo el islam y el islamismo.

Este discurso mixofóbico, es decir, el miedo al mestizaje étnico, se reencuentra a nivel geopolítico. Además del hecho de que esta corriente es favorable a una Francia de las regiones que se insertaría en una Europa de las naciones, también defienden la idea de una Europa étnicamente homogénea. Por fuerza, lógicamente, el movimiento identitario rechaza la mundialización, destructora de la identidad. En efecto, los identitarios tienen como “caballo de batalla” la preservación de los europeos, en el sentido étnico del término, y de las identidades históricas y carnales (local, regional, nacional, civilizacional).

Ellos abogan por el retorno de los inmigrantes a sus respectivos países en dos tiempos: “expulsión inmediata de los clandestinos y de los delincuentes”, seguida de la “firma de acuerdos con los países de origen para el retorno después de la estancia (establecida, por ejemplo, sobre los 15 años)”.  Además, los identitarios llegan, en ocasiones, a concluir alianzas con sus presuntos enemigos raciales, pero que pertenecen a la misma visión identitaria del mundo, como fue el caso de la Tribu Ka y sus avatares.

Las ideas de los identitarios provienen principalmente de la corriente “völkisch” de la Nueva Derecha, los “folkistes”, que ya hemos analizado en otro lugar, y de Guillaume Faye. Esto es, todos aquellos miembros históricos del GRECE (Grupo de investigación y estudios de la civilización europea) que se apartaron lejos de la evolución mixófila de Alain de Benoist: «Yo estaba convencido, en 1984, escribe Pierre Vial, de que había una necesidad de renovar, de actualizar los discursos del GRECE por una apertura hacia nuevas problemáticas, y esencialmente las cuestiones de la identidad y de la inmigración, ambas totalmente vinculadas. Ya entonces existía una fuente de divergencias con otros responsables del GRECE, en particular Alain de Benoist, que tomaba sus distancias con lo que yo llamaría, por simplificar, la afirmación étnica».  Por su parte, Alain de Benoist condena el pensamiento identitario: «La reivindicación identitaria deviene en un pretexto para legitimar la ignorancia, la marginación o la supresión de los otros. Ello es lo que permite conjurar, en una perspectiva obsidional, el temor suscitado por la diferencia de los otros (…) En tal óptica, la distinción entre “nosotros” y “los otros”, que está en la base de toda identidad colectiva, es planteada en términos de desigualdad o de hostilidad por principio».

Y continúa: «Las identidades se fijan en un ideal-tipo intemporal, prohibiéndose entonces todo cambio en lugar de constituir solamente un instrumento (…) Las razas y los pueblos son tratados como cuasi especies distintas, que no poseen nada en común. Defender su identidad consistiría necesariamente en ignorar o despreciar a los otros: un europeo, por ejemplo, traicionaría su identidad si amara ¡la poesía árabe, el teatro japonés o la música africana!».

Estas divergencias conducirán a las divisiones y escisiones, en la década de los años 1980, de los cuadros neoderechistas, como Guillaume Faye, Jean Haudry, Robert Steuckers y Pierre Vial, que darán nacimiento, en la década siguiente, al movimiento identitario.

El GRECE, la principal estructura neoderechista, ha influido, más o menos directamente, en las ideas identitarias. En efecto, las ideas grecistas se difundieron por los tránsitos, de un grupo a otro, de los disidentes de la Nouvelle Droite. Pierre-André Taguieff insiste «sobre un proceso frecuentemente observado en la historia de las ideas: las representaciones y argumentaciones forjados por el GRECE en los años 70 se le escaparon progresivamente, siendo retomados, retraducidos y explotados por movimientos políticos que rechazaban lo esencial de su “visión del mundo”. Se trataba, entonces, de evitar atribuir al GRECE los avatares ideológicos y políticos de ciertos componentes de su discurso, y más particularmente de su discurso de la década de los 70».

Además, es importante precisar que el principal pensador de la Nouvelle Droite, Alain de Benoist, rechaza las conclusiones de los Identitarios como un producto de la Nueva Derecha (en particular, Guillaume Faye y Pierre Vial): «Esto significaría que el movimiento identitario confunde la pertenencia con la verdad y que atribuye a los factores étnicos el rol que Karl Marx atribuía a los factores económicos. Esto equivaldría, sobre todo, a repensar nuevamente la noción misma de identidad, admitiendo que la identidad no es una esencia eterna, que permita a sus portadores no cambiar jamás, sino una sustancia narrativa que nos permite seguir siendo nosotros mismos con los cambios en el tiempo».  En fin, las ideas de los Identitarios son, incluso, más antiguas que la Nouvelle Droite: fueron formuladas por primera vez por los animadores del grupo Europe-Action, con frecuencia presentado por los especialistas como el ancestro directo de la Nueva Derecha.  Los mismos animadores que nos encontramos en el seno del movimiento identitario.

¿Una civilización europea?

Los Identitarios, siguiendo a los neoderechistas, postulan la existencia de una civilización europea fundada sobre el ámbito de implantación de los indoeuropeos, es decir, de la llamada “raza blanca”, siendo ésta originaria del círculo circumpolar, según ellos , una tesis discutida por los especialistas: «Ex septentrione lux, ya sabemos bien las peligrosas teorías que se derivan de ello: la luz viene del norte, el superhombre viene del norte, el ario viene del norte, etc., nosotros ya hemos abordado este tema de tal forma que no llego a comprender por qué siempre encuentra, incluso hoy, adeptos ocasionalmente instruidos, una suerte de nostálgicos crispados sobre un ilusorio pasado que rechaza, contra todo buen sentido, las tendencias de la modernidad».

Los indoeuropeos son las poblaciones tribales de la prehistoria euroasiática, cuya civilización se caracterizaría por un cierto número de valores sociales comunes: la “tripartición funcional”, una religión común, el paganismo, una mentalidad técnica, el prometeísmo, del que ellos estiman descender en línea directa (de Prometeo). Según ellos, existe una identidad racial europea que se habría manifestado a través de las grandes civilizaciones paganas (griega, latina, celta, germánica) y medievales. Los vestigios arqueológicos, epigráficos, literarios, mitológicos y culturales atestiguarían esta civilización europea original, nacida en los albores del quinto milenio antes de nuestra era, y que se manifestaría también en el otro extremo de la península europea en la India y en Persia.

Para asegurar su demostración, ellos se apoyan en los trabajos universitarios del indoeuropeísta identitario Jean Haudry, uno de los responsables de Terre et Peuple, que retoma las conclusiones de Gustav Kossina, un filólogo y arqueólogo nacionalista alemán de principios del siglo XX, y de Hans F. K. Günther, un raciólogo nacionalsocialista.  Por un lado, Kossina postulaba la ecuación “cultura arqueológica = etnia”, todavía objeto de vivas discusiones en los medios científicos, y por el otro, Günther sostenía que los indoeuropeos habrían sido los detentadores de una “mentalidad” propia que todavía definiría el espíritu europeo: heroísmo, tripartición social y mental, espíritu libertario, etc. Un editor identitario, las Éditions du Lore, reeditó en 2006 uno de los textos más völkisch de Hans F. K. Günther, Les Peuples de l´Europe, un tratado de raciología europea publicado inicialmente en 1929, mostrando así la importancia de este autor para este movimiento.

Los Identitarios defienden también la idea de que existen “razas” europeas de tipo físico distinto. Así, Jean Haudry escribió en 2003 un artículo, “Le type physique des Indo-Européenns”, publicado en la revista identitaria Réfléchir & Agir manifiestamente influida por las tesis de Günther. Esta influencia se encuentra también en Pierre Vial cuando afirmaba en 1981 que “desde un punto de vista antropológico, la población francesa está compuesta de mediterráneos, alpinos y subnórdicos”. Evidentemente, los Identitarios sostienen los orígenes germánicos, nórdicos, de los europeos, un itinerario trazado ya desde 1981 con la publicación por Jean Haudry de su obra sobre los indoeuropeos en la colección “Que sais-je?”, calificado por Pierre-André Taguieff de “minitratado de raciología nordicista”.  Los Identitarios reactivan, por lo tanto, en una cierta medida, el “mito ario” analizado por Léon Poliakov.

Esta “raza indoeuropea” estaría amenazada por un cierto número de peligros entre los que encontramos el islamismo, la inmigración, el mestizaje y el imperialismo antieuropeo de los norteamericanos. Estos peligros han incitado a los teóricos identitarios a formular el discurso geopolítico que a continuación vamos a estudiar. 

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Las tesis geopolíticas de los Identitarios son el resultado de una síntesis doctrinal efectuada por sus precursores “folkistas” y nacionalistas europeos. La gran referencia identitaria puede buscarse en los textos de los ex-SS franceses, en particular en los de Robert Dun y de Saint-Loup. Esta referencia ha sido transmitida por los disidentes del GRECE, en particular Pierre Vial y Jean Mabire, miembros fundadores de Terre et Peuple. Pierre Vial era amigo de Robert Dun y de Saint-Loup. Robert Dun colabora regularmente en Réfléchir & Agir y en la fundación de esta revista hace unas décadas. Una antología de sus artículos fue publicada por una editorial identitaria, las Éditions du Crève Tabous

Referencias geopolíticas de los Identitarios

En 1976, Saint-Loup escribió en una tribuna libre de Défense de l´Occident su testamento político en el cual afirmaba: «Europa debe (…) ser repensada a partir de la noción biológicamente fundada de la sangre, por tanto, de las razas y de los imperativos telúricos, como el suelo. He aquí el contenido de las “patrias carnales” (…) Las SS podrían hoy, como hace treinta años, salvar a Europa, pero ella no existe en sentido temporal (…) En 1944 galvanizó todo lo que quedaba de los auténticos guerreros y de los audaces pensadores del viejo continente (…) Las Waffen-SS no eran alemanas en el sentido restrictivo y nacionalista del término. Eran europeas y estaba en su estado de ánimo resucitar los valores de la sangre y el suelo. En el Centro de estudios de Hidelsheim, en el monasterio SS “Haus Germania”, nosotros elaboramos el mapa de las “patrias carnales” que pretendíamos hacer reconocer mediante nuestro combate e imponer a los pangermanistas que no nos seguían con el apoyo de nuestras armas si fuera necesario, más allá de la victoria militar. Se trataba de una Europa racialmente fundada y desnacionalizada. Yo la considero perfectamente viable hoy porque, hoy como ayer, los bretones no son alsacianos, los vascos no son andaluces, los bávaros no son prusianos, los corsos distintos de los picardos, y los piamonteses de los sicilianos. Nosotros decimos: cada casa será bien guardada… pero vigilada por los SS, bien entendido, porque la masa es incapaz de autogobernarse».

Saint-Loup concebía así a Europa como una entidad supranacional diferencialista, respetuosa de las prácticas culturales de las regiones o de las provincias con fuerte identidad, es decir, los pueblos, según él, federados, “ligados por la sangre”, las tradiciones específicas y un fondo civilizacional común”.  En efecto, «en los círculos de extrema derecha de la posguerra, y más particularmente en aquellos que se afirman próximos al nacionalsocialismo, el tema de la “Europa de las etnias” dota de su contenido a la utopía de un nuevo imperio europeo, definido a la vez por las “fronteras de la sangre” (la raza blanca) y la identidad civilizacional (el origen indoeuropeo, el paganismo), pero ansioso por preservar su diversidad étnica interna».

Otros elementos doctrinales, secundarios, hay que buscarlos en los pensadores digeridos y reutilizados por la Nueva Derecha. La liberación mira hacia los teóricos del nacionalismo europeo. El americano Francis Parker Yockey y el alemán Otto Strasser tuvieron una gran influencia en los años 50 en la promoción de esta doctrina. Este europeísmo fascistizante fue retomado a continuación por el nacional-revolucionario belga Jean Thiriart, próximo a Strasser y al teórico nacional-bolchevique Ernst Niekisch. Thiriart expone su visión de Europa en un texto publicado en 1964, Un Empire de quatre cents millions d’hommes: l’Europe. Su ambición era crear un Estado europeo unificado mediante la promoción de un sistema social llamado “nacional-comunitarismo”. Deseaba crear una “Gran Europa” de Reykjavik a Vladivostok. Sin embargo, el aspecto étnico/racial está ausente del discurso de Thiriart.

Otra gran referencia geopolítica, digerida por la Nouvelle Droite, es Carl Schmitt. En efecto, los Identitarios, a través de los textos de Guillaume Faye, se refieren explícitamente a dos textos de Schmitt: el “Nomos de la Tierra” y “Tierra y Mar”, así como a una serie de artículos (Gran Espacio contra universalismo, El mar contra la tierra) publicados en una antología.  Según Carl Schmitt «la historia mundial es la historia de la lucha de las potencias marítimas contra las potencias continentales y de las potencias continentales contra las potencias marítimas». Este postulado es el fundamento del aspecto más antiamericano de la geopolítica identitaria. Además, como veremos posteriormente, los Identitarios están particularmente interesados en el concepto schmittiano de “gran espacio”.

Geopolítica de los Identitarios

Este paradigma racialista, puesto en evidencia por Pierre-André Taguieff, es el fundamento de la geopolítica de los Identitarios. En efecto, los textos geopolíticos identitarios insisten en la defensa del “heartland”, por retomar la expresión del geopolitólogo británico Halford Mackinder, es decir, Eurasia. Todos los textos geopolíticos identitarios evidencian dos cosas: una supuesta política de conquista del islam frente a Europa y la voluntad de desligar a los pueblos europeos de la tutela americana y de ver advenir una Europa unida. Esta unión es un punto importante de la geopolítica identitaria: según Guillaume Faye, “el siglo XXI será el de la lucha de los pueblos por las tierras y los mares”.  De hecho, la geopolítica de los Identitarios debe ser vista como una “etnopolítica”, es decir, como una geopolítica integrante de los elementos étnicos. Según ellos, el mundo se estructurará en diferentes “etnoesferas”, es decir, en “conjuntos de territorios donde reinen los pueblos étnicamente semejantes” y la geopolítica debe tomar en cuenta esta evolución. Esta etonopolítica será necesaria porque nosotros los europeos vivimos en un Ernstfall, un “caso de urgencia”, según la terminología trágica del politólogo Carl Schmitt, es decir, la desaparición programada de los pueblos de raza blanca y de la civilización por ellos desarrollada, debido a la bajada de la natalidad, y por tanto del envejecimiento de la población, y a la invasión, según su expresión, de Europa por una inmigración descontrolada y masiva, vista como una política de sustitución étnica: la raza blanca con su catastrófica natalidad es reemplazada por las colonias de población árabe-musulmán de fuerte natalidad.

Esta etnopolítica deber ser vista como un sistema que tiende a proteger, a nivel continental”, el “germen” de los “nuestros”, siendo definido el concepto “germen”, por su creador, como «la raíz biológica de un pueblo y de una civilización, el centro de su basamento étnico sobre el cual todo reposa». Pero según Faye, «a cada cual su patria, nacional o regional (que debe elegir en función de afinidades íntimas y motivantes), pero a todos la Gran patria, la de los pueblos hermanos reunidos (…) La Gran patria engloba orgánica y federalmente a las patrias carnales».

Los Identitarios rechazan el Estado-nación en beneficio de una confederación de regiones con fuertes identidades, inscribiéndose en un “nacionalismo imperial gran-europeo”. Su regionalismo es heredero directo de los combates de los regionalistas de la derecha radical en las décadas precedentes, que rechazaban el Estado-nación jacobino francés. En esto, los Identitarios son particularmente tributarios de los escritos del escritor identitario, regionalista y neoderechista Jean Mabire, que estaba íntimamente ligado a los regionalistas de derecha radical normandos y bretones, como el nacionalsocialista Olier Mordrel. Jean Mabire, desde 1966, se siente “normando y europeo, todo en conjunto. Pero sobre todo francés”.  Desde ese momento, Mabire y sus amigos defienden un regionalismo etnizante integrado en un europeísmo de tipo imperial.  También Guillaume Faye, el principal ideólogo identitario, afirma que «la red regionalizada del continente europeo constituye uno de sus rasgos fundamentales. La región, entidad de talla humana, heredera de una larga historia, permite una identidad, una proximidad, una comunidad que es un contrapeso al cosmopolitismo anónimo y a los centralismos burocráticos. Las regiones representan (…) los bloques de construcción de Europa, sus elementos fundamentales (…)».  Mientras que Pierre Vial sostiene la idea de una VI República francesa, confederada, ofreciendo la autonomía a las “patrias carnales”. Este sistema está copiado del modelo de los länder alemanes. Esta Francia federal se inscribiría posteriormente en un imperio “eurosiberiano”.

El concepto de “Eurosiberia” es, según su creador, «el destino espacial de los pueblos europeos finalmente reagrupados del Atlántico al Pacífico, sellando la alianza histórica de la Europa peninsular, la Europa central y Rusia».  Se trata, por tanto, de una forma de nacionalismo europeo, al igual que los sistemas de teóricos de la derecha radical como Oswald Mosley, Francis Parker Yockey, Carl Schmitt y Julius Evola, pero con un aspecto étnico y racial bastante más afirmado: «El arraigo, escribe Faye, es la preservación de las raíces, a sabiendas de que el árbol debe continuar creciendo (…) El arraigo se completa, en primer lugar, por la fidelidad a los valores y a la sangre (…) Debe imperativamente incluir una dimensión étnica fundadora».  Es necesario así un llamamiento a la “conciencia étnica” de los europeos, es decir, a la “conciencia individual y colectiva de la necesidad de defender la identidad biológica y cultural de su pueblo, indispensable condición para el mantenimiento de su historia y su civilización y para la independencia de esta última”.

Esta forma de nacionalismo debe ser así entendida «(…) bajo su dimensión continental europea, y no hexagonal, heredera de la dudosa filosofía de la Revolución francesa. Ser nacionalista hoy en día es volver a dar a esta noción su significado etimológico originario: “defender a los nativos de un mismo pueblo”. Lo que implica una ruptura con la noción tradicional, heredera de la filosofía igualitaria de la Ilustración, de la nación y de la ciudadanía. Ser nacionalista hoy en día es abrirse a la dimensión de un “pueblo europeo” que existe, que está amenazado y que no está todavía políticamente formado para defenderse. Se puede ser “patriota”, comprometido con su patria subcontinental, pero sin olvidar que ella forma parte orgánica, vitalmente, de un pueblo común cuyo territorio natural e histórico, o sea su fortaleza, diría mejor, se extiende desde Brest al estrecho de Bering».

El europeísmo identitario es abiertamente estratégico. Como lo muestra Maurice Duverger, la idea de un imperio europeo abriría nuevas perspectivas geopolíticas: «Extendida de Irlanda al Danubio y del Cabo Norte a Malta, la gran Europa englobaría a principios del siglo XXI a más de treinta naciones y más de 500 millones de hombres y mujeres. Formaría así el mayor espacio imperial del mundo al que no deberían faltarle las instituciones que le permitiesen decidir eficaz y rápidamente de una forma colectiva. Pero ello no podría ni debería organizarse sobre el modelo de los Estados Unidos donde los cincuenta Estados federados que la constituyen no tienen un estatuto jurídico, la importancia política ni la tradición histórica de una auténtica nación, la cual sólo existe sobre el plano de la federación Ningún país del Viejo Mundo está presto a fundirse en un super-Estado que debilite la diversidad de las instituciones públicas y las estructuras económicas, de los partidos políticos y las organizaciones sociales, de los conocimientos y las creencias, de las culturas y los comportamientos que forman la riqueza de la civilización europea. Todo se sitúa en un imperio republicano de un modelo inédito».  Sobre todo, este imperio permitiría oponerse a la hegemonía de los Estados Unidos y, especialmente, combatir al islam y al islamismo, bestias negras de los Identitarios.

En efecto, los Identitarios desean crear grandes espacios civilizacionales autárquicos e independientes para hacer frente al “choque de civilizaciones” tan caro a Samuel Huntington, haciendo una interpretación catastrofista de las tesis del pensador americano y negando el aspecto atlantista de sus teorías. Según los Identitarios, el choque de civilizaciones debe ser interpretado como el enfrentamiento de los pueblos blancos contra todos los demás. En este sistema, las relaciones entre los diferentes bloques civilizacionales estarían regidas por una “paz armada”, según la expresión de Faye. Eurosiberia debe ser uno de esos grandes conjuntos, etnocentrado y étnicamente homogéneo, aplicando el principio autárquico de los grandes espacios, rompiendo también con el librecambismo mundialista. La Eurosiberia de los identitarios debe también romper con una Unión Europea juzgada ineficaz y desacreditada. El europeísmo de los Identitarios es así tributario de una concepción etnizante de la geopolítica. En efecto, este imperio “eurosiberiano” debe permitir la defensa del espacio vital de los europeos y afirmar así la potencia continental europea frente a las otras civilizaciones.

También deben ser, por otra parte, libres para encontrar el modo de desarrollo que corresponda mejor a su civilización, tanto a nivel político como económico y étnico. Encontramos aquí el racismo diferencialista, tan bien estudiado por Pierre-André Taguieff, que caracteriza a los disidentes de la Nueva Derecha.

Este nacionalismo europeo e identitario corresponde, según Taguieff, a «(…) la cuarta ola de nacionalismo, aquella que nuestros contemporáneos viven en la falsa conciencia, el miedo y la culpabilidad difundida desde hace algunos años, podría definirse simplemente como el conjunto de las reacciones identitarias contra los ambiguos efectos, a la vez desestructurantes y uniformantes, del “turbocapitalismo”, reacciones etnonacionalistas y separatistas suscitadas por el advenimiento de un mercado planetario estigmatizado en tanto que “salvaje mundialización”. El neonacionalismo, o la cuarta ola del nacionalismo, reenvía a formas de movilización diversificadas (de la etnicidad al fundamentalismo religioso), a diferentes modos de rebelión identitaria, o más precisamente, de resistencia de las “comunidades” o identidades colectivas (dotadas o no de una conciencia nacional), frente a los efectos disgregadores, incluso desintegradores, de la globalización económica y de la mundialización de la información y de la comunicación, cuyas consecuencias más visibles son el desempleo estructural, la fragilización de la condición salarial y la imposición de una cultura de masas planetaria, portadora de una uniformización empobrecedora, y más o menos violenta, de los valores y formas de vida».  Se trata, entonces, de una voluntad de repliegue “entre sí mismos”, entre personas de la misma “raza”.

Esta voluntad se concreta en varias fases. En efecto, los Identitarios intentan federarse desde principios del año 2000 y poner en marcha una “sinergia europea”. Asimismo, los diferentes grupos se reunieron en noviembre de 2005 con ocasión de su segundo coloquio.  Los días 8 y 9 de junio de 2006, Guillaume Faye y los representantes de Terre et Peuple participaron en la conferencia internacional sobre el futuro del mundo blanco. Esta conferencia concluyó el 10 de junio con el “Llamamiento de Moscú” y la creación de una red identitaria, el Consejo de los pueblos de origen europeo, que daría nacimiento a la Coordinadora Identitaria Europea (CIE) que reúne a los grupúsculos alemanes, austríacos, españoles, flamencos, franceses, italianos, portugueses, rusos, serbios y valones, así como del Quebec. Este consejo pretende sustituir la ONU por una Organización de Naciones Identitarias (ONI). En fin, en noviembre de 2006, Synergies Européennes, dirigida por el belga y antiguo neoderechista Robert Steuckers, y la delegación valona de Terra et Peuple, son coorganizadas frente a los efectos negativos de la mundialización. Todos estos encuentros tenían por objetivo reflexionar sobre la potencialidad del establecimiento de esa Eurosiberia tan deseada.

Las ideas geopolíticas de los Identitarios constituyen un discurso reflexivo ordenado a una visión del mundo precisa y estructurada sobre una interpretación radicalizada de la idea del “choque de civilizaciones”. El ascenso en Europa de estas derechas identitarias hace plausible la hipótesis de nuevos conflictos identitarios, de base étnica, lingüística, religiosa, o de otro tipo, indicadores del surgimiento de un nuevo nacionalismo fundado sobre lo civilizacional. Este nacionalismo identitario está en el origen de la aparición en la escena internacional mundializada de reorganizaciones geográficas y de nacionalismos regionales. Sin embargo, su “Eurosiberia” puede parecer utópica.

De hecho, aunque existe un innegable fondo común en los diferentes pueblos europeos, no existe una civilización europea, sino civilizaciones que se suceden en el tiempo y en el espacio. Además, las naciones europeas han dado lugar al nacimiento de culturas que se diferencian en tal medida las unas de las otras como para no permitir una síntesis geopolítica concluyente y satisfactoria. © Fuente: Temps Présents