Sexo y distanciación social, por Isabelle Marchandier


¿Qué va a pasar con los juegos del amor después del confinamiento?

Ya sea en el escenario mediático y político o en las cabañas confinadas, todo el mundo intenta entrever cómo será el mundo de después. El confinamiento es el laboratorio del futuro para pensar la política de mañana, la economía de mañana, el trabajo de mañana, el consumo de mañana, la vida social de mañana. Todos los sectores están pasando por el tamiz de esta visión anticipadora. Cuanto más se acerca el desconfinamiento, más nos repiten que “ya nada será como antes” y más nos martillean la expresión “nunca más”, siempre exigida pero nunca aplicada, como lo muestra el mundo después de Charlie Hebdo o incluso la crisis de las subprime.

El amor en tiempos del coronavirus

Así pues, prestémonos con gusto al juego del mundo de después, en un tema más ligero, pero igual de crucial para el futuro de la humanidad: las relaciones amorosas. Pasar del “Póntelo, pónselo” de los años del sida al “Salga con mascarilla” en los tiempos del coronavirus, ¿puede modificar las relaciones entre los sexos? ¿Será la mascarilla el nuevo preservativo del siglo XXI? Por no poder ir a bailar, ¿iremos a ligar con mascarilla a los bares y clubs adaptados a las nuevas normas sanitarias? ¿Cuál será el lenguaje del cuerpo en el respeto a la distanciación social? ¿Los adeptos al plan de una sola noche deberán esperar a los resultados del test de detección del Covid-19 antes de pasar a la acción? En resumen: ¡son tantas las cuestiones esenciales y existenciales para preparar el futuro!

Las maneras de amar han variado según las épocas. La Edad Media vio nacer el amor cortés neoplatónico donde el caballero, vasallo de su dama, componía sonetos y veía, a lo lejos, a la elegida de su corazón, cuyos colores llevaba en los torneos. Bajo el impulso de la señora de Scudéry y el clan de las Preciosas, el amor del siglo XVII toma la ruta sinuosa de la Carte du Tendre (camino hacia el amor) y la seducción amorosa se despliega en los juegos de lenguaje, a la vez refinados y delicados. En el siglo XVIII, este arte de gustar toma las formas de una fiesta galante “a la Watteau” y evoluciona junto a la sensualidad del libertinaje que abre el cerrojo de la puerta del deseo, introduciendo el Siglo de las Luces en el torbellino fogoso de las conquistas amorosas.

El XIX postrevolucionario acaba con la ligereza galante, dejando sitio a la expansión sentimental del romanticismo lánguido, pero, aun así, encorsetado por la mojigatería de la moral burguesa. Hay que esperar a la revolución sexual de los años 60-70, con la llegada de la píldora liberadora y del aborto, para ver la aparición de una nueva forma de amar más libertaria. Desde el 68, las relaciones entre sexos se han desarrollado junto con una búsqueda desenfrenada de un goce sexual cada día más inmediato, inconstante y compulsivo que ha encontrado su culminación última con el éxito de las páginas web de citas y las aplicaciones geolocalizadas como Meetic, Tinder o Happn. Con la economía digital, en efecto, llegó el ciberligue y el sexo a la carta, a imagen de nuestro hiperconsumo nómada.

Los amantes contienen su respiración

Hoy en día, en la hora en la que la crisis sanitaria del coronavirus parece poner sobre la mesa todas las cartas económicas, políticas, culturales y sociales ¿vamos a ver la aparición de una nueva forma de seducir y amar?

Dos escenarios posibles se presentan. El primero se inscribe en la prolongación del ciberligoteo que verá su práctica multiplicada. Los individuos, reducidos a la abstinencia sexual durante el confinamiento, continuarán así buscando pareja en la web estando todavía confinados en sus casas. Pero ¿qué pasará con las citas después del confinamiento?

Cuando vuelvan a abrir los bares y restaurantes, ¿asistiremos al espectáculo desolador de esos muertos de hambre del sexo, por fin desconfinados pero completamente desechos, lívidos como la ropa, sentados en una terraza bajo una campana protectora, a un metro de distancia del posible ligue de una noche, tan lívido como uno mismo, y conteniendo la respiración cada vez que levantan la mascarilla para beber de su copa? Estos no están cerca de silbar las canciones liberadoras de los años 80 del pasado siglo…

Pero podemos apostar por la ingeniosidad moderna de las aplicaciones de citas para encontrar un remedio a esta situación generadora de ansiedad. En efecto, cruzando los datos de geolocalización con los de la futura aplicación de rastreo digital que el gobierno está estudiando en este momento, solo las personas no portadoras del virus serán seleccionadas por Tinder&Co. Los usuarios de estas aplicaciones podrían utilizarla con toda tranquilidad. En este escenario propio de la serie Black Mirror, la norma sanitaria colectiva serviría de marco para la decisión individual de acostarse o no en la primera cita.

Una oportunidad para el retorno de la galantería

Este escenario orwelliano alejaría definitivamente el amor de los juegos del azar para situarlo bajo el dominio de la higiene preventiva donde las mascarillas y los tests vendrían a reforzar el equipamiento antivirus dominado, hasta ahora, solo por el preservativo.

Pero podría pensarse también en otro escenario. Sería una vuelta al mundo de antes, antes del consumo desregulado del sexo. Una vuelta a esa galantería bien francesa, tan odiada por las feministas, pero que ha sabido civilizar el deseo y la espera, sublimándolos en el arte de la seducción, ennoblecida por el gusto por las letras y las artes.

Esta distanciación social impuesta ¿no podría finalmente permitir la rehabilitación de una temporalidad amorosa más lenta, más diferida y de una seducción que exigiera forma y esfuerzo? Sin duda, se deberá esperar a conocerse mejor antes de ceder al placer sensual. Si este aprendizaje amoroso se produce, se hará quizás bajo el matriarcado de aquellas Preciosas que supieron, con sutilidad y elegancia, imponer a los hombres el hecho de cuidar las formas para conquistarlas. Si llegara esta reeducación sentimental, podría dar un aliento nuevo a ese arte de vivir y de amar galante que ha hecho la especificidad de las costumbres francesas. © Fuente: Causeur, abril 2020. Traducción: Esther Herrera Alzu