La derecha obrera, por Sergio Fernández Riquelme


"Si los entretenimientos que se ofrecen a los obreros les son proporcionados tan mecánicamente como en la actualidad (...) hasta la esclavitud de su trabajo sería llevadera comparada con la agobiante esclavitud de su ocio." (G.K. Chesterton, 1927)

Historia y memoria
El prestigioso centro sociológico francés Ifop demostraba, en su investigación de 2019 (tras las últimas elecciones europeas), un hecho que evidenciaba la tendencia ya advertida desde hace años por politólogos independientes: el 47% de los obreros y el 32% de los empleados habían votado al partido nacionalista y soberanista Rassemblement national de Marine Le Pen (el antiguo Frente nacional, que había alcanzado el 23,31 % del voto nacional). Es decir, la derecha nacionalista, identitaria o soberanista (denominada con la etiqueta “extrema derecha”) se iba convirtiendo en referente para amplios grupos socioeconómicos tradicionalmente denominados como obreros-trabajadores (como estudió Florent Gougou en el caso galo), y que supuesta e históricamente eran el sector de voto básico de la autodenominada como izquierda progresista. Para sorpresa de muchos, el actor más humilde de los procesos productivos (entre el 20 y 30% de la población, según diversos estudios en el mundo occidental) parecía ser un conjunto de ciudadanos tan plural como el resto de estratos comunitarios: votaban de manera más diversa de lo que pudiera pensarse, en función de reivindicaciones materiales o de ideales inmateriales. 

La memoria siempre es selectiva. Tradicionalmente habían sido considerados el nicho casi exclusivo de militantes y votantes para construcciones político-partidistas que reivindicaban en exclusiva ser su voz y su medio, desde el espectro ideológico izquierdista. La Historia como memoria nos debía mostrar a millones de obreros que se sumaron a revoluciones frente a burgueses desaprensivos, pero ocultaba a numerosos sectores laborales que participaron con orgullo en contrarrevoluciones paralelas; y a la clase trabajadora como la plataforma sobre la que se cimentaba la victoria electoral de formaciones socialistas que se se autoproclamaban como líderes frente a la derecha represiva, olvidando que grandes sectores obreros eligieron en contiendas electorales a partidos conservadores que parecían incompatibles con su realidad e identidad. Por ello la respuesta era clara: unos eran el proletariado redentor y otros el lumpen traidor, y así tenía que quedar escrito. 

Pero la Historia como ciencia (retrospectiva, perspectiva y prospectiva) nos muestra realidades que escapan de dicotomías deterministas. La realidad social, en sus palabras y sus obras, es siempre dinámica y plural, interrelacionando continuamente elementos políticos (con sus valores morales y fundamentos culturales) y económicos (entre la libertad y la igualdad); el Bien-estar al que se aspira está ligado, polémicamente con el Bien-común en el que se cree (usando la terminología de Julien Freund). 

Las posibilidades históricas actuales (las consecuencias micro y macrosociales de la Globalización), fruto de elecciones pretéritas y condición de elecciones futuras, parecen reafirmar esta interpretación más allá de presupuestos puramente ideológicos. De un lado, se documenta la inacción de casi todas las fuerzas aún ligadas, real o simbólicamente, a la palabra izquierda ante la pérdida acelerada de derechos laborales, la disminución generalizada del número e impacto del sindicalismo y sus huelgas generales, el confinamiento de muchos servicios públicos como recursos de subsistencia y no de promoción, la aceptación generalizada de las formas de producción y consumo más individualistas, la vinculación creciente de las políticas sociales a sectores transversales de origen liberal-burgués, la desaparición de los conceptos de clase en estudios universitarios y en programas electorales (frente a causas étnicas o de género), o la ausencia casi total del cuestionamiento real de los pilares del sistema económico-social capitalista (hay que tener Netflix en casa). Y de otro, se observa el crecimiento del apoyo entre esos sectores trabajadores a fuerzas nuevas nacidas en el campo de la vieja derecha (liberal o radical) que competían directamente con las tradicionales fuerzas de origen socialista (en sus discursos y en sus medidas), escenificando la nueva dialéctica histórica entre globalistas y soberanistas. Un patriotismo soberanista/identitario, más estatista o más liberal, que  apelaba al voto obrero en clave nacionalista o nativista, escuchando, atendiendo y representando a trabajadores con miedo a perder su trabajo, inseguros en sus calles y barrios, temerosos de futuro de sus hijos, abandonados por las instituciones públicas, demasiado homogéneos para ser el rostro de la sociedad diversa y multicultural, y orgullosos de su patria y sus tradiciones.

Clases y trabajadores
Un actor que existe, sociológicamente, más allá del obrero clasista neo-marxista (el proletariado histórico de Marx y Engels) y más allá del ciudadano desclasado neo-liberal (anunciado por Francis Fukuyama). “Clase trabajadora” que, desde términos weberianos, nos hablan de aquellos que ocupan los niveles más bajos la estratificación socioeconómica en cuanto a posesión de bienes, a la posición externa y al destino personal; y que han sido los principales usuarios de los servicios del Estado del bienestar (Welfare State) como mecanismo de integración y movilidad en busca del crecimiento económico, la armonía social o el orden político (y en este caso había que citar al canciller prusiano nada progresista Otto von Bismark, otorgador del primer Estado social moderno desde el concepto de Sozial Politik).

Por ello hay que hablar de una clase o estratos no solo determinados, para Weber, por cuestiones económicas (el acceso a la propiedad) y jerarquías estructurales; también, y especialmente en determinados contextos, por elementos culturales y sociales funcionales, propios del estatus real o soñado que genera toda comunidad como rol que cumplir y como ideal a alcanzar. Trabajadores que son parte objetiva de una clase socioeconómica, pero que pueden o quieren aspirar, subjetivamente, a alcanzar ese estatus comunitario o personal en una clase estamental superior (desde la reivindicación grupal o la movilidad social); es decir, hay trabajadores con propiedades y sin ellas, que quieren mantener su estatus o cambiarlo, que quieren ser como los demás o quieren ser diferentes, que piensan de una manera o de otra, y que votan a la supuesta izquierda o a la supuesta derecha. 

Trabajadores que los llamados teóricos neoweberianos (Erikson, Goldthorpe y Portocarero) determinaron como colectivo integrado por viejas y nuevas profesiones en la era global, en relación a su posición ante la situación en el mercado (de los ingresos a la seguridad) y la situación en el trabajo (autonomía y control sobre el proceso de trabajo); es decir, estratos socioeconómicos definidos en los mercados de trabajo y en las unidades productivas, por Goldthorpe, inicialmente como supervisores y empleados por cuenta ajena o asalariados (trabajadores manuales cualificados, semicualificados y sin cualificar no agrarios, y agrarios), pero que posteriormente se ampliaban, como recogía la Standard Occupational Classification, por ejemplo con los trabajadores por cuenta ajena (autónomos, supervisores de trabajadores manuales, trabajadores manuales cualificados, y trabajadores manuales semicualificados, y trabajadores no cualificados).

Clase real y diversa, ya desde su historia. Hugues de Lamennaisy ponía nombre (tomado del latín “proletarii”) al obrero fabril que nutría a la clase social arquetípica de no propietarios en la moderna división funcional-capitalista del trabajo diseccionada por Durkheim. Y numerosos movimientos y denominaciones pusieron a esta clase en el centro de sus preocupaciones o se atribuyeron su exclusiva representación del proletariado industrial: el socialismo antiestatista o “utópico” (De Charles Fourier a Louis Blanc), el socialismo marxista o “científico” (con su Manifiesto comunista), el socialismo cristiano y el socialismo de cátedra alemán (los economistas de Schmoller), el sindicalismo de clase o el corporativista y el socialismo sindicalista británico (con sus Trade Unions), los nacionalismos socialistas de entreguerras y el socialismo libertario (anarco-sindicalista o anarco-comunista), el marxismo-leninismo y el estalinismo, el maoísmo o el troskismo, la Doctrina social de la Iglesia (desde la Encíclica Rerum Novarum) o el socialismo anticolonialista, el nacionalismo árabe y el movimiento de no alineados, la decreciente socialdemocracia postmarxista, e incluso, el postmoderno y burgués progresismo liberal. 

Todos decían ser los representantes, todos pensaban en su bien, todos querían ser sus líderes, todos querían ser el altavoz de esta clase que parecía ser monolítica en su composición y fiel en su ideología. Pero en este breve tracto histórico contemporáneo, las crónicas nos desvelan la realidad, mayor o menor cuantitativa y cualitativamente, de un fenómeno político-social de impacto actual que denominamos como “derecha obrera” (patriotismo social a veces señalado): grupos o sectores de trabajadores que apostaron, militante o electoralmente, y en contra de su inevitable “conciencia de clase”, por formaciones conservadoras, tradicionalistas y nacionalistas que representaban intereses y aspiraciones económicas diferentes (del orden a la prosperidad), no se identificaban con el clasismo grupal (y más con profesiones artesanales, comerciales o agrarias), y que se ligaban a valores morales e identidades patrióticas, tradiciones seculares y banderas comunitarias, que hacía cierta la explicación weberiana de la profunda relación entre lo económico, lo social y lo político.

Ricos y pobres
Jefes o asalariados, emprendedores o funcionarios, empresarios o empleados, tecnológicos o artesanales, consumistas o sostenibles. Dialécticas que marcan, entre otras, la realidad laboral en este tiempo de Globalización, generando nuevos perfiles dentro de la clase trabajadora citada. La misma se ha hecho cada vez más heterogénea y con límites más difusos, al calor de esa transformación global y digital de los modos de producción y consumo, con la paulatina desaparición del obrero/proletario como protagonista de la Política social (los derechos laborales) en beneficio, primero del ciudadano (los derechos sociales), y finalmente del consumidor (los derechos individualizados). 

La desindustrialización de regiones enteras ante la deslocalización y la transición ecológica vacía comarcas enteras, y la flexibilidad laboral-productiva con sus formas de economía digital crea nuevos perfiles en Occidente y en las regiones occidentalizadas; paradójicamente, las grandes masas de obreros fabriles con pocos o nulos derechos se encuentran en países emergentes desde donde provienen los productos contaminantes a bajo precio. La economía digital y colaborativa supuestamente borra los límites entre los que mandan y obedecen en el sistema productivo, pero conlleva una precarización y flexibilización perfectamente estudiada por las grandes compañías transnacionales; eso sí, aceptada plenamente por las viejas izquierdas y derechas (porque ante todo son consumidores). Y el sindicalismo clasista se encuentra en niveles mínimos de afiliación y en la mayoría de países demuestra escasa capacidad de presión y movilización (más allá de ciertos niveles de la administración pública), dejando al trabajador a merced del currículo y la productividad; su fidelidad grupal parece centrarse en elecciones consumistas, grupos virtuales y tendencias virales, y su acción reivindicativa en causas solidarias que sean trending topic compartiéndolas en las redes o firmándolas virtualmente. 

Nuevos perfiles y sectores de trabajadores que, en numerosos casos, no se identificaban con la clase socioeconómica a la que dicen que pertenecen por ingresos, buscando un nuevo estatus, ascenso personal, prosperidad familiar (y también mucho consumo); trabajadores que no quieren prestaciones ni subvenciones para sobrevivir sino oportunidades para ellos y para sus hijos; trabajadores que quieren vivir como los más adinerados y seguridad en las calles; que apelan al respeto de sus tradiciones o de sus creencias, y que creen en la primacía de lo nacional y los nacionales en los sistemas de protección; trabajadores que no se identifican con su condición productiva sino con raigambres, comunidades o con su patria; trabajadores que votan a la vieja derecha liberal (socialidemocratizada para algunos) o a la nueva derecha soberana/identitaria (como patriotismo social más estatista o más liberalizador).

Ricos y pobres, de derechas y de izquierdas. Durante años los herederos de la división entre girondinos y jacobinos, se encargaron de subrayar esta división en la  ciencia social, económica e histórica; quizás para seguir justificando el bipartidismo partidocrático. Pero un caso paradigmático lo encontramos en la izquierda norteamericana: el Estado más rico del país (California, con el 13% del PIB nacional) es terreno hegemónico del Partido demócrata; los principales referentes de la industria audiovisual (de Hollywood a Nueva York) financian con sus fortunas a dicho Partido, siendo militantes activos en sus principales causas ideológicas; importantes negocios de Wall Street o Silicon Valley y grandes medios de comunicación (The New York Times, The Washington Post, CNN) se han convertido desde hace años en feroces contrincantes del Partido republicano; y un multimillonario como Michael Bloomberg se presentó, incluso, como candidato a la presidencia norteamericana. Asimismo, en 2004 el Estado más pobre de los EEUU, Virginia occidental, votó mayoritariamente la reelección del republicano George W. Bush, y en 2019 los Estados de tradición obrera (el “círculo del óxido”) dieron la presidencia al empresario mediático y antisocialista Donald. J Trump.

Soberanistas y globalistas
Un caso useño que parece, en ciencia político-social comparada, ser compartido a grandes rasgos en otras latitudes; es decir, formaciones aún autodenominadas como de izquierda que, para diversos autores, se ligan o se difuminan en el llamado “consenso  liberal progresista”: al asumir su incapacidad de limitar el capitalismo global y consumista más allá del control de diversos sectores públicos; al ligarse directamente a los poderes globalistas (como los reunidos en la Open society, fundada por el millonario Georges Soros); centrarse en referentes elitistas y causas supraideológicas (generadoras de “lo políticamente correcto”) muy alejadas de la realidad cotidiana de los sectores más populares, como los postulados de la llamada ideología de género (intentando recuperar el neomarxismo de Gramsci a través de Bourdieu o Foucault); y no cuestionar, generalmente, las instituciones de orden (nacionales o supranacionales) más allá de la persistencia del discurso anticlerical o la emoción estética por causas indigenistas o anti-imperialistas de tiempos pretéritos. Y que se ha traducido en su progresiva desaparición (o banal comercialización) de símbolos y banderas históricamente internacionalistas o revolucionarias que ahora quedan en camisetas juveniles, de líderes mesiánicos (o mediáticos) que ahora viven como los ricos y comparten con los más ricos, de lealtades clasistas que se creían imperecederas, y por ello, en la progresiva pérdida de votos de antiguos partidos socialdemócratas y comunistas en numerosas naciones donde fueron referentes.

El teórico marxista francés Jean-Loup Amselle señalaba, al respecto, que dicha situación se debía a la progresiva sustitución del “universalismo” izquierdista en el análisis desde términos horizontales y de clases, por nuevos paradigmas de origen burgués que dividían la sociedad en campos fragmentarios que impedían la conciencia de clase. Asimismo Daniel Innerarity denunciaba el triunfo de un tipo de “progresismo” que se siente cosmopolita y moralmente superior, alejado de los intereses de los ciudadanos en riesgo social, vulnerables económicamente o en zonas en conflicto; progresistas arrogantes e hipócritas, a su juicio, como “élites multiculturales” amantes de la diversidad en el ocio y en el consumo pero con muy poco contacto con el mundo industrial, con las zonas rurales, con los barrios deprimidos. Mark Fisher subrayaba que en el nuevo discurso progresista había desaparecido el concepto de la clase y la solidaridad asociada, al haberse contaminado por la llamada subjetividad burguesa. Pascal Perrineau sostenía además que este “aburguesamiento social y cultural” de la izquierda, que solo cuestionaba el sistema liberal-capitalista de manera muy parcial y muy retórica, alejaba de su universo ideológico temas candentes en la ciudadanía más humilde: la inmigración, el orden, el trabajo, lo nacional; y por ello Thomas Frank señalaba que “los pobres” votaban a los conservadores ante la inseguridad económica (en bienes y oportunidades) provocada por un capitalismo global casi no denunciado, buscando la firmeza de valores morales y familiares tradicionales ante una nueva izquierda exageradamente innovadora y definida como “progresistas en limusina”, “izquierda caviar”, izquierdistas millonarios, u oligarquía radical-chic... 

EL politólogo socialista Daniel Oesch señalaba que determinados valores culturales, olvidados o denostados por el progresismo, llevaban a ciudadanos trabajadores a votar a la derecha o la extrema derecha  (rechazo al multiculturalismo, la reducción de la movilidad social, la crisis de las organizaciones intermedias). Y autores como Jim Goad o Mark Lilla, vieron esta clase social trabajadora el apoyo fundamental en la victoria de Donald Trump en 2016, especialmente en los “Swing-States” de pasado obrero (de Pennsylvania a Ohio). En las elecciones británicas de 2019, con mayoría absoluta de los tories de Boris Johnson, históricos bastiones del partido laborista había caído en manos de los Conservadores pesando temas que integraba lo económico, lo político y lo social, como el Brexit. E incluso en España, siete de ellos de los municipios más pobres (según la Agencia tributaria) dieron más respaldo al económicamente liberal Vox que a la formación izquierdista de Unidas Podemos (que tenía, además, su principal granero de voto en la clase alta/media, según el CIS, con el 13,2%, y en las nuevas clases medias con el 6,7%): Fuenlabrada de los montes (Badajoz), Higuera de Vargas (Badajoz), Cervantes (Lugo), Ahigal (Cáceres); Puebla de Obando (Badajoz), Villamanrique (Ciudad Real) y Rociana del Condado (Huelva).

Atracción obrera creciente por el discurso soberanista/identitario visible, en primer lugar, en el que denominamos como sector “nacional-social” (en el plano socioeconómico): movimientos que reivindicaban espacios históricamente atribuidos a la izquierda obrerista, como la acción social del Estado del Bienestar, desde el proteccionismo público y el intervencionismo económico como en el caso francés, (analizado por Luc Rouban y Martial Foucault) o el danés con el Partido Popular Danés y sus posiciones fuertemente estatistas (en opinión de Ove K. Pedersen), o desde amplias políticas de protección social como en la Polonia del PiS (programas de ayuda familiar, rebaja de la edad de jubilación), el control económico de la Rusia de Vladimir Putin, o propuestas asistenciales públicos de los Finlandeses Auténticos (llegando a declarar su líder, Timo Soini, a la formación como "un partido de la clase obrera sin socialismo"). Y visible, en segundo lugar, en formaciones del posible sector “nacional-liberal”. Sector menos estatista pero que conectaba de una manera u otra con las reivindicaciones y aspiraciones de importantes grupos de la clase trabajadora (especialmente en los más modernos ligados al sector servicios) en términos de estatus socioeconómico y en temas identitarios que, en plena era de la Globalización, amenazaba, real y simbólicamente, el estatus y la movilidad (quizás ejemplificado en el programa America First de Trump): a) el control de la inmigración ilegal y masiva en Europa, vista por amplios sectores de población trabajadora como competencia laboral desleal, factor de inseguridad ciudadana, y medio de degradación de los barrios más humildes (como ha puesto de manifiesto el crecimiento de la Lega de Salvini); b) medidas de liberalización económica ligadas al emprendimiento y la innovación, capaz de recuperar la movilidad social ascendente de grupos trabajadores no subvencionados, desde el mérito y la capacidad individual ante igualitarismos diversos (como propugnaba Vox en España); c) la defensa de los valores familiares o morales tradicionales, asidero mental y vital de la pertenencia comunitaria (como recogía la nueva Constitución húngara) ante la ingeniería social que cuestionaba toda tradición y herencia; d) la protección o promoción de la Identidad grupal primaria (nacional o estatal), que para Filip Dewinter, otrora líder del Vlaams Belang, anunciaba ya en 2004 “reemplaza la vieja división del capital y del trabajo por un nuevo eje que oponía el pueblo y la identidad al multiculturalismo”.

Trabajadores que debían, y creían, sufrir las consecuencias de las políticas diseñadas por los poderes globalistas: sus empleos serían flexibles y precarios ante la supuesta economía colaborativa, sus vidas debían adaptarse al desarrollo sostenible que disfrutarían las élites urbanas, las prestaciones y subvenciones sociales serían para aquellos sectores considerados como “diversos”,  sus barrios tenían que acoger la multiculturalidad no deseada en las urbanizaciones burguesas, sus tradiciones olvidarse ante la sentencia dictada por las modas posmodernas de millonarios encubiertos como filántropos, sus Identidades nacionales dejarse de lado por los dictados cosmopolitas de quienes viajaban sin pasaporte y en primera clase. Y que en clave nacionalista o nativista, aupaban en las encuestas a formaciones soberanistas/identitarias desde zonas rurales, barrios periféricos y polígonos industriales.