Teletrabajo o teleservidumbre: cuando la empresa entra en casa, por Guillaume Travers

 

Al alza desde la crisis sanitaria, el teletrabajo da lugar a escenas muy variadas: despachos provisionales instalados en la cocina o directivos tecleando en sus teléfonos desde una hamaca al sol. Detrás de lo anecdótico, se trata de una transformación en profundidad de las relaciones entre vida profesional y vida privada. Con consecuencias nefastas potencialmente considerables. En un primer vistazo, la generalización del teletrabajo deja entrever una gran variedad de experiencias. Paraíso para unos, infierno para otros, según se tengan hijos en casa o se viva en un entorno rural. ¿Se podría, entonces, extraer alguna generalidad desde situaciones tan diversas? Sí, ya que, si el teletrabajo se generalizara, se estaría entrando en una mezcla inédita entre vida profesional y vida privada. Para entenderlo, hagamos una recapitulación de los hechos.

La familia como comunidad

Tradicionalmente, la casa familiar es la unidad de producción principal. Ese era el caso con los griegos, donde el oikos designaba una economía que era, sobre todo, doméstica. Así será hasta comienzos del siglo XX de manera dominante. En las familias campesinas, tanto el hombre como la mujer y los hijos participan en los trabajos productivos de la granja donde viven. También es así en casa de artesanos y comerciantes: la familia vivía en la parte trasera del comercio o en la planta de arriba. Numerosos relatos nos cuentan que, cuando la puerta de la venta estaba cerrada, un cliente de paso podía llamar a la ventana del domicilio. Médicos y abogados solían ejercer en sus domicilios, no en oficinas separadas. Así, la forma de trabajo dominante históricamente ha sido la que ignoraba, en gran medida, la distinción entre vida profesional y vida privada.

Sin embargo, no hay que ver en ese modelo ningún parecido con el teletrabajo. Primero, el trabajo tradicional no es un tele-trabajo, es decir, un trabajo a distancia. Quien trabaja en su casa es casi siempre su propio jefe: no es un asalariado de una empresa que tiene su sede social en otra ciudad u otro país. Además, vida doméstica y vida profesional no están pensadas como antagonistas, sino como complementarias. Por ejemplo, el ejercicio de una actividad artesanal da lugar a la transmisión de un oficio de padres a hijos (los cuales continuarán el negocio algún día). Dedicar una hora más al trabajo no es restarla del hogar: significa participar en un proceso de educación de la familia. Lo mismo sucede con la relación entre hombres y mujeres: la mujer es parte fundamental de la unidad productiva.

El control de los asalariados

La disociación entre hogar y actividad económica es un hecho moderno que aparece sobre todo con la gran empresa en el siglo XIX, y que se generaliza a lo largo del siglo XX. Antoine Prost señala que, a comienzos del siglo XX, entre la mitad y las dos terceras partes de los trabajadores están todavía en sus domicilios. Con el surgimiento de la clase asalariada, vida doméstica y vida profesional  ya no se piensan como complementarias, sino que pasan a ser contradictorias: una hora de más en la oficina o en la fábrica es una hora menos en casa. Además, cuando la actividad económica realizada por un miembro de la pareja adquiere un estatus jurídico y una contabilidad separada, ya no vale esencialmente más para el hogar que por los ingresos que genera. El único objetivo del oficio es "traer dinero a casa"; ya no tiene ningún rol en la vida de la familia o en la transmisión de un saber a sus descendientes. Otra consecuencia: desde el momento en que el valor del trabajo se redujo al salario, el trabajo de las mujeres, que era doméstico y no monetario, se encontró devaluado.

La disociación de la vida profesional y de la vida doméstica es un proceso percibido de forma ambivalente. Es cierto que coincide con el incremento del individualismo, que hace surgir el deseo de una "vida privada" aparte de una vida profesional, de naturaleza pública. El individuo puede vivir esta disociación como una "liberación": fuera del horario de la fábrica o la oficina, nadie puede molestarle. Sin embargo, el deseo intenso de vida privada es precisamente lo que hace sentir la tensión entre vida profesional y vida familiar como una ruptura. Hay que escoger entre una u otra, lo que es fuente de dilemas permanentes, e incluso de inestabilidad en muchas parejas.

Si esto es fuente de fricciones en las familias, lo es también en las empresas, que perciben la tensión entre vida doméstica y profesional con la misma intensidad. Desde la existencia de la gran empresa, esta última intenta conservar el control de sus asalariados regulando o delimitando su vida familiar: paternalismo en el siglo XIX y congelación de ovocitos hoy en día en las empresas de Silicon Valley (para retrasar la fertilidad a una edad más avanzada).

Más que una vuelta al oikos tradicional, el teletrabajo debe entenderse como una nueva etapa en el conflicto entre vida doméstica y profesional. Hay que evitar confundir trabajo en casa (que también existe) y teletrabajo, lo cual es un trabajo a distancia desde el domicilio. Para las empresas, existe una ventaja inmediata: ya no hay que pagar alquiler por las oficinas. El coste inmobiliario se traslada hacia el asalariado, que debe arreglar su propia casa, o bien pagar otra más grande para poder instalar un despacho.

El hogar, amenazado

Pero las consecuencias van más allá, puesto que se trata de una importación del conflicto entre vida doméstica y vida profesional en el seno mismo del hogar. El teletrabajador podría verse obligado a estructurar su domicilio para que sea funcional en el teletrabajo en beneficio de la empresa, con las tensiones que eso conlleva: para organizar reuniones virtuales con clientes, no puede haber un bebé en la misma habitación ni en la de al lado, ni siquiera niños en todo el domicilio.

En el caso extremo, el mejor teletrabajador, aquel que tendrá más oportunidades para promocionarse, será el que haya convertido su domicilio en activo inmobiliario de empresa: un lugar insonorizado, funcional, sin personalidad, sin vida. Las decisiones conyugales y de reproducción podrán tomarse en función de la posibilidad o no de continuar teletrabajando eficazmente.

El conflicto con la vida doméstica puede llegar a su paroxismo. La lógica es muy diferente a aquella de las antiguas casas concebidas como lugar conjunto de vida y producción: el hecho de pasar los días ante una pantalla para una empresa de asesoramiento o de marketing no da lugar a ninguna transmisión, ni interacción, y no tiene sentido. Se siguen tratando de ganar un sueldo, pero restando la vida privada. Si el trabajo en casa puede ser el más gratificante, el teletrabajo puede ser, al contrario, el fin de la vida familiar y la toma de control casi completa de la vida doméstica por la empresa privada anónima.

Así, si la gran empresa trajo la supuesta "liberación" de un espacio de vida puramente privado, es ese espacio mismo el que está amenazado hoy en día. Fuente: Éléments