Teoría de género y feminización del mundo, por Jesús Sebastián-Lorente



La editorial Eas publica el libro de Alain de Benoist sobre la teoría de género y el establecimiento de un nuevo orden moral: Los Demonios del Bien. Lo que pretende la ideología de género, en definitiva, es negar la realidad de los sexos y de toda identidad fundada en el sexo biológico. No se trata ya de liberarse de la figura del patriarcado o de la dominación masculina como pretendían las generaciones anteriores de feministas, sino simplemente de liquidar las diferencias sexuales e imponer un nuevo totalitarismo igualitario. 

Sexo y diferencia

Veamos la opinión de Alain de Benoist sobre el sexo: «El sexo es hoy incitado a ponerse al diapasón del espíritu de los tiempos: humanitario, higienista y técnico. La normalización sexual encuentra nuevas formas que ya no intentan reprimir el sexo sino convertirlo en una mercancía como las demás. La seducción, demasiado complicada, se convierte en una pérdida de tiempo. El consumo sexual tiene que ser práctico e inmediato. Objeto maquinal, cuerpo-máquina, mecánica sexual: la sexualidad ya no es sino un asunto de recetas al servicio de una pulsión escópica de la cantidad. En el mundo de la comunicación, el sexo tiene que dejar de ser lo que siempre ha sido: semblanza de comunicación tanto más deleitosa cuanto que se ubica sobre un fondo de incomunicabilidad. En un mundo alérgico a las diferencias, que desde muchos puntos de vista ha reconstruido social y culturalmente la relación entre los sexos desde el horizonte de un dimorfismo sexual atenuado, y que se empecina en ver en las mujeres a unos “hombres como los demás”, cuando en realidad son lo otro del hombre, se pretende que el sexo deje de “alienar”, cuando en realidad es un juego de alienaciones voluntarias. El erotismo es matado por el deseo políticamente correcto de suprimir la correlación de fuerzas que se establece ya a favor de un sexo, ya a favor del otro, en una mutua conversión. Lo mata porque ninguna relación amorosa puede desplegarse en una plena igualdad, sino tan sólo en una pugna, en una inestable desigualdad que permita dar la vuelta a todas las situaciones. El sexo no es sino discriminación y pasión, atracción o rechazo igualmente excesivos, igualmente arbitrarios, igualmente injustos. En tal sentido, no es exagerado decir que el verdadero erotismo —salvaje o refinado, bárbaro o lúdico— sigue siendo, hoy más que nunca, un tabú».

En definitiva, se trata de una postura tiene raíces anticristianas, pues le arrebata al sexo su sentido pecaminoso, así como su exclusiva permisividad —sólo coito pene-vagina— entre parejas adultas heterosexuales vía matrimonial, haciendo hincapié en el desenvolvimiento de la sexualidad a través del placer y del erotismo. Pero también es antiigualitaria, pues no todas las conductas sexuales son iguales, como tampoco lo son los seres que las practican y, en consecuencia, el tratamiento jurídico y social no puede ser el mismo. Y también se opone a los fenómenos del hipersexualismo —una forma del materialismo y consumismo capitalistas que hacen del sexo algo comercial y más trascendente que otros valores— y del hiperfeminismo —un fundamentalismo que sobrevaloriza y prioriza lo femenino (incluido lo cuasi-femenino) con el objeto de desvirilizar lo masculino. En todo caso, la sexualidad es algo que pertenece a la esfera privada, sea o no compartida, razón por la cual los poderes públicos no deben crear discriminaciones positivas (por ejemplo, a favor de los homosexuales), ni discriminaciones negativas (en detrimento de los heterosexuales).

El feminismo: sexo y política

En ausencia de una teoría total sobre el sexo más articulada, la mayor parte de los progresistas han recurrido como guía, al feminismo. Pero las relaciones entre feminismo y sexo son muy complejas. Debido a que la sexualidad es un nexo de las relaciones entre los géneros, una parte importante de la identidad de las mujeres está condicionada por la sexualidad. El feminismo ha mostrado siempre un gran interés por el sexo pero, en el pasado, se formularon dos líneas básicas de pensamiento feminista sobre la cuestión. Una tendencia, más conservadora, criticaba las restricciones impuestas a la conducta socio-sexual de las mujeres, pero también denunciaba el alto precio que se les hacía pagar por ser sexualmente activas. Esta tradición de pensamiento feminista ha reclamado una liberación sexual que alcance tanto a las mujeres como a los hombres. La segunda tendencia, más progresista, consideraba la liberalización sexual como una mera extensión de los privilegios masculinos a las mujeres, incluso como una afirmación de esta consideración para la feminidad y una negación —o restricción— de la misma para la masculinidad. Estas corrientes compartían, al fin y al cabo, un tono similar al discurso antisexual del liberal-libertarismo, pues se trata más bien de un tipo de reivindicaciones sociológicas que de propuestas de convivencia y libertad entre los distintos sexos.

Actualmente existen dos tendencias fundamentales dentro del activismo feminista. La primera, que podemos llamar “feminismo igualitario y universalista”, lejos de buscar la revalorización de lo femenino, considera que es, por el contrario, el reconocimiento de la diferencia de los sexos lo que ha permitido al “patriarcado” imponer un régimen de sometimiento y servidumbre de las mujeres respecto a los hombres. Su máxima es la indiferenciación o la mismidad: hacer desaparecer la distinción entre los sexos y, sobre todo, negar su natural complementariedad. Este es el feminismo partidario de la “ideología de género”.

La segunda tendencia, conocida como “feminismo identitario y diferencialista”, busca ante todo defender, promover y revalorizar lo femenino”. Lo femenino no es negado (“ser mujer es hermoso”), sino proclamado de igual valor que lo masculino, pero sin cuestionar la distinción entre los sexos. Se trata de un feminismo que puede encuadrarse en las distintas corrientes de la “escuela diferencialista”, entre las que se encuentra, precisamente, la Nueva Derecha francesa, la cual, por otra parte, nunca ha ocultado su simpatía por este tipo de feminismo.

Su máxima exponente teórica, Luce Irigaray, considera inútil, o incluso nociva, la lucha por la “igualdad” de los sexos, debiendo dirigirse el activismo feminista hacia la creación de una “identidad propiamente femenina”, sin destruir, al mismo tiempo, la identidad masculina. Una corriente dentro del feminismo diferencialista incluso llega a relacionar la identidad femenina con la teoría de los arquetipos de Jung. Por su parte, para Susan Pinker el modelo de la paridad está superado y propone un “feminismo de la diferencia”, que reconozca la distinción en cualidades y preferencias entre uno y otro sexo. Si tienen efectiva libertad, las mujeres seguirán caminos propios, y la disparidad resultante será la verdadera igualdad. Así pues, el feminismo de la diferencia diverge del feminismo de la igualdad, pues éste considera que la masculinidad y la feminidad son roles de género construidos socialmente con los que hay que acabar. En cambio, el feminismo de la diferencia propone una invención constante del significante que es el cuerpo separado del mandato cultural hecho por el patriarcado (el género).

En fin, la sexualidad también es política. Está organizada en sistemas de poder que alientan y recompensan a algunos individuos y actividades, mientras que castigan y suprimen a otros y otras. Al igual que la organización capitalista del trabajo y su distribución de recompensas y poderes, el moderno sistema sexual ha sido objeto de la lucha política desde que apareció en Occidente. En la cultura occidental, el sexo se toma, incluso, demasiado en serio. Todo lo que deriva del sexo se ha mitificado y mistificado. El problema es que antes se criminalizaba a los “disidentes sexuales” (entiéndase, desviaciones y perversiones de la “sexualidad natural”, como se consideraban antes), y ahora se hace lo mismo con la heterosexualidad libremente elegida y consentida, pues a la misma se le suponen ciertas conductas “hipermasculinas” indignas e impropias de una sociedad moderna.

La feminización: sexo y educación

Jean-Louis Auduc, autor del libro “Salvemos a los niños”, habla de “fractura sexuada”, que considera más importante que la fractura social. Según este autor, la tendencia podría invertirse y después de los planes orquestados para la promoción de la mujer y la igualdad de los géneros, podría ser que el feminismo se vuelva algo pasado de moda y llegue la hora de promocionar a los hombres.

¿Qué sitio queda hoy para los hombres? Cuando todo es juzgado, pensado y pesado con la medida de la compasión y del sentimiento, cuando el principio de precaución se ha convertido en norma y se valora el riesgo-cero por toda ambición, cuando las mujeres quieren ser idénticas a los hombres y las madres quieren que el rol maternal sea asumido por los padres, en definitiva, en una sociedad feminizada y castradora, se puede entender que los hombres se refugien, unos en la homosexualidad, otros en la afirmación por la violencia gratuita, otros incluso, en la fascinación de un islam viril y dominante.

En un análisis muy severo sobre la feminización de nuestro mundo occidental, “La tiranía de la debilidad: la feminización del mundo o el eclipse del guerrero”, Paul-François Paoli muestra cómo las feministas han llevado a cabo una intensa campaña de culpabilización de los hombres: «Han querido la piel del hombre: la han obtenido. Ahora cosechan la miseria de sus hijos depresivos, perdidos y neurasténicos. Se les pide hoy a los hombres que “expresen sus emociones, que tengan menos pelos en el cuerpo, que sean compasivos y que sepan llorar”. ¿Pero quién encarnará la ley, la fuerza, la virilidad, cuando todas esas ideas se hayan vuelto sospechosas?». Paoli se preocupa más todavía por los hijos de la inmigración que pertenecen a una cultura que exalta la virilidad y en la cual la autoridad del padre es incontestable. Ve ahí una explicación a la seducción del islam y a la violencia de una juventud que no sabe ya a qué autoridad referirse.

Una vez más, ¿a quiénes les pedimos cambiar y adaptarse? Solamente a los hombres. En realidad, se espera de ellos que sean menos… hombres. Las mismas exigencias escolares, cuando son demasiado indiferenciadas para convenir a los dos géneros, aventajan más a las chicas que a los chicos. A diferencia de madurez desigual, se les pide lo mismo a ambos (las chicas maduran antes). Los chicos, puestos públicamente en estado de inferioridad, compensarán esa situación en el terreno que la naturaleza les deja: la fuerza física, pero utilizada de forma negativa porque estará movida por el resentimiento, ámbito muy favorable a la marginalización y a la delincuencia. En el mejor de los casos, la escuela se convierte para ellos, en “un asunto de chicas”, entonces se desinteresan y su desasosiego acerca de su identidad no hace más que agravarse. A fuerza de querer la igualdad de los sexos entendida en el falso sentido de “uno puede estar en el lugar de otro y viceversa” (o bien: “intercambiabilidad”), poco a poco los hombres se borran discretamente y dejan completamente el lugar a las mujeres.

Jean-David Ponci, doctor en filosofía de la biología y experto en educación, delegado de la European Association Single Sex Education, se pronunciaba así: «La influencia de la escuela sobre la fundación de una sociedad igualitaria no depende de la separación física de los chicos y las chicas, sino del contenido de la enseñanza. Asociar la “mixticidad” a la igualdad y la no-mixticidad a la desigualdad es una simplificación desastrosa. Sin embargo, aunque la no-mixticidad no resuelve todos los problemas, sobre todo si no está mejor pensada que la mixticidad, sin embargo, podemos decir que, en términos de igualdad de los sexos, la mixticidad escolar ha fracasado. (…). En nombre de la neutralidad laica, el sistema educativo no deja ningún lugar a las diferencias». La mixticidad no es un valor absoluto».

El primer remedio sería reconocer, de una vez por todas, que un chico y una chica, un hombre y una mujer, serán iguales ante la sociedad, pero no son idénticos, ni siquiera similares. ¡Basta de teoría de género! Si una vez llegados a la edad adulta, los hombres quieren jugar a ser mujeres y las mujeres a creerse hombres, es un asunto privado, pero dejemos, por lo menos, a nuestros hijos, la oportunidad de crecer de acuerdo con las reglas que la naturaleza ha otorgado a la diferencia de sexos. Eduquémoslos, ayudémoslos a crecer y a construirse conforme a lo que son y a lo que está inscrito en el código genético de cada uno. ¿Estudios de género? Sí, pero estudios realistas, no manipulados ideológicamente conforme a las reglas del igualitarismo. No nos dejemos seducir, bajo el pretexto de la igualdad de los géneros, por una lucha estéril contra la masculinidad.

No es necesario, a estas alturas, demostrar la importancia del papel del padre. Todos los grandes sociólogos, pediatras, psiquiatras y filósofos han demostrado cómo el padre, al estar presente al lado de la madre, despega al niño de las faldas de su madre y le hace tomar conciencia, y a la vez de sus límites, de su personalidad y de su sexualidad. El padre encarna la ley, lo que es objetivamente externo y que se opone, complementariamente, a la afectividad subjetiva de la madre. Al llegar, como un tercer elemento, a la relación inicial entre la madre y el niño, el padre abre a éste el camino a la alteridad. Esa etapa permite la relación con el mundo y los demás Para el chico, el padre hace posible el proceso de identificación que necesita para crecer. El padre confirma al niño en su masculinidad y revela a la niña su feminidad.

Los adolescentes tienen necesidad de modelos masculinos para convertirse en hombres. Pero estos ya no existen más que en el mundo del deporte. Y no siempre. Según Eric Zemmour, estos deportistas magnifican los “nuevos hombres feminizados”: pendientes en las orejas, ropa refinada, productos de belleza, culto femenino de la apariencia, cuerpos depilados… En su ensayo “El primer sexo”, Zemmour hace un retrato robot del “papá moderno”: «Los hombres modernos son papás gallinas que “empollan”, que cambian pañales, mecen la cuna, dan el biberón… Ellos también quieren ser portadores del amor y ya no sólo de la ley. Quieren ser madres en lugar de padres, mujeres en lugar de hombres». Es urgente devolver al hombre al lugar que le corresponde por naturaleza, aunque eso les disguste a los hombres igualitaristas y a las mujeres feministas, que no ven en él más que a un macho competidor y agresivo. En este mundo asexuado, ¿qué les queda a los hombres obsesionados por la necesidad de afirmar su virilidad?

La desvirilización: la muerte del macho

Según Arnaud Imatz, la tesis de Zemmour es sencilla. El llamado “segundo sexo” ha venido a ser el primero e, incluso, el único. El feminismo ha descalificado al “macho”. La ideología de “Mayo del 68” ha permitido un nuevo avance de los valores femeninos. La sociedad europea y occidental se feminiza a paso acelerado. El homosexual –o “gay”– viene a ser el nuevo modelo cuyas imágenes positivas, proyectadas sin tregua en los medios de comunicación, acaban moldeando los espíritus. El hombre moderno se depila, se perfuma, se adorna con afectación, lleva joyas y perendengues y todo esto es muy bueno para el consumo. Hombres o mujeres, todos iguales, somos así excelentes consumidores, celosos partícipes del mercado capitalista. «El “macho” tradicional, no el mítico y virtual facha, grosero, agresivo, violento, dominador y violador, sino el hombre que respeta a su madre, protege a su mujer y se siente responsable de sus hijos, está en vías de desaparición. Está muriendo el hombre tradicional dinámico, combativo, aficionado al riesgo, a la acción y a la aventura. En adelante, el hombre moderno deberá cooperar, comunicar y conservar en vez de competir, obrar y transgredir». Para los autollamados “progresistas antirracistas”, alineados con las neofeministas, la causa de Zemmour parece sentenciada de antemano: sería un “reaccionario”, un hombre sin razón ni escrúpulos, casi un loco criminal, que merecería acudir a un campo de concentración y reeducación.

No podemos evitar seguir interrogándonos, como hace Imatz, «sobre la profunda crisis demográfica de Europa, la feminización y pérdida de energía de sus pueblos, su sustitución por minorías étnicas inmigradas, indudablemente más viriles, y de soñar con el hipotético despertar de nuevos modelos masculinos. Pero lo más trágico de la historia es que la mujer moderna acaba casi siempre siendo su propia víctima. Se afana en domesticar y afeminar a su pareja conforme a los nuevos cánones de la sociedad moderna. Pero cuando lo consigue y se despierta, rechaza, desprecia, pisotea a su hombre sin el menor problema. Por fin sola, puede soñar de nuevo en encontrar al hombre de verdad».

Para terminar, habría que señalar que, en la actualidad, parece evidente, mediante el recurso a la ciencia autorizada, el hecho natural que no permite legitimar el igualitarismo entre los hombres y las mujeres. Aunque, por supuesto, no se deba confundir el campo de la ciencia con el de la moral, el derecho o la política. Dicho esto, una cuestión debe quedar clara: los hombres y las mujeres son diferentes. Podemos ser partidarios de lo innato o de lo adquirido, considerar estas diferencias como distinciones biológicas profundas o como efecto de una educación y socialización en función del sexo, pero, finalmente, habrá que concluir que las diferencias sexuales no pueden eliminarse. Por ello, nuestra feminizada sociedad, imposibilitada para eliminar estas diferencias, opta por suprimir la “masculinidad del macho”. Si sólo coexisten seres asexuados o feminizados, la igualdad totalitaria dejará de ser una utopía.

Las nuevas identidades sexuales

Pero algunas conductas cercanas a la frontera están comenzando a rebasarla lentamente. Las parejas no casadas que viven juntas y ciertas formas de la homosexualidad han alcanzado la respetabilidad. Incluso, en algunas sociedades europeas occidentales, se están elevando al rango de modelo sexual a imitar, o cuando menos, a admirar. La mayor parte de las conductas homosexuales permanecen todavía en el lado oscuro, pero si la homosexualidad se formaliza en parejas monógamas, la sociedad está empezando a reconocer que posee también la posibilidad de la interacción humana.

Esta idea de una única sexualidad ideal es característica de la mayoría de los sistemas de pensamiento sobre el sexo. Para la religión (cristiana, particularmente), el ideal es el matrimonio procreador. Para la psicología, la heterosexualidad madura. Para la biología, un instinto natural entre seres de la misma especie y distinto género. Para el feminismo progre, la libertad sexual de la mujer y el retraimiento masculino del hombre. Aunque su contenido varía, el formato de una única norma sexual se reconstituye continuamente en otros marcos retóricos. Es igualmente objetable insistir en que todo el mundo deba ser homosexual, lesbiana, o polígamo, como creer que todo el mundo deba ser heterosexual o estar casado, aunque este último grupo de opinión está respaldado por un poder social y cultural considerablemente mayor que el primero. Progresistas que se avergonzarían de mostrar su chovinismo cultural en otros temas, lo exhiben rutinariamente en lo referente a las diferencias sexuales.

La industrialización y la urbanización generaron nuevas formas de sociedad y comunidad, reorganizaron las relaciones familiares, alteraron los roles sexuales, hicieron posibles nuevas formas de identidad, produjeron desigualdades sociales nuevas y crearon nuevos campos para el conflicto político e ideológico. También dieron origen a un nuevo sistema sexual caracterizado por tipos distintos de personas, poblaciones, estratificación y conflictos político-sexuales. El moderno sistema sexual contiene varias de estas poblaciones sexuales, estratificadas por medio del funcionamiento de una jerarquía ideológica y social.

La homosexualidad es el mejor ejemplo de este proceso de estratificación erótica. La conducta homosexual ha estado siempre presente entre los humanos, pero en las diferentes sociedades y épocas ha sido recompensada o castigada, buscada o prohibida, en forma de experiencia temporal o vital. La reubicación del homoerotismo en estas comunidades sexuales fuertemente nucleadas es, en parte, consecuencia de las transferencias de población provocadas por la industrialización. A medida que los trabajadores emigraban a trabajar en las ciudades, los hombres y mujeres con inclinaciones homosexuales, que habían vivido aislados y vulnerables en la mayor parte de las aldeas preindustriales, comenzaron a reunirse en pequeños rincones de las grandes ciudades.

Además de organizar a homosexuales y prostitutas en poblaciones localizadas, la “modernización del sexo” ha generado un sistema de etnogénesis sexual continua. También comenzaron a formarse otras poblaciones de disidentes eróticos, las comúnmente llamadas “perversiones” o las “parafilias”. Actualmente otros grupos están intentando emular los éxitos de los homosexuales: los bisexuales, los sadomasoquistas, los individuos que prefieren los encuentros intergeneracionales, los travestidos y los transexuales están en proceso de adquisición de identidad. No es que las “perversiones” (o “desviaciones”) estén proliferando más que antes, sino más bien, están intentando adquirir espacio social, poder económico, recursos políticos y algún alivio jurídico a su “herejía sexual”.

Homosexualidad: una ambigüedad calculada

En sus orígenes, sin embargo, la Nueva Derecha francesa, fiel a su ideología “transversal”, trató de marcar ciertas influencias en los movimientos sociales de contestación radicales, especialmente entre las organizaciones de liberación y reivindicación homosexual. A pesar de todo, el acercamiento de la ND a los medios homosexuales estuvo presidida de una gran ambigüedad, aunque sí logró influir en el órgano de expresión por excelencia de la derecha gay francesa, la Gaie France Magazine: frente a una sociedad occidental decadente, frente a la moralidad judeocristiana, los “gaie france” oponían cierto tipo de elitismo y el paganismo, remontándose a las prácticas homosexuales de los pueblos indoeuropeos griego y romano, que incluían, cómo no, las relaciones pederásticas con efebos como formas iniciáticas de la juventud para su incorporación a la comunidad social. Según su director Michel Caignet, el objetivo de la publicación era «construir una teoría de la homosexualidad desde la derecha» mediante una organización «soldada por medio de las relaciones homosexuales» para «desempeñar un papel en la renovación cultural, política y artística en el seno de la civilización europea».

Guillaume Faye fue el teórico neoderechista más preocupado por las reivindicaciones homosexuales, como lo demuestra en su libro “Sexo e ideología” (1983). En un principio, Faye se convertiría en una referencia para la derecha radical homosexual, coincidiendo con las tesis de la revista Gaie France, pues ambas concepciones se inspiraban en las argumentaciones de Hans Blüher. Según Diego Sanromán, Faye reconocía el carácter polimorfo de la sexualidad humana advirtiendo que «el cristianismo está en el origen de la teorización y sistematización del terrorismo antisexual y antigay. Con la subversión cristiana asistimos progresivamente a la prohibición de todas las formas de sexualidad no conyugales y, sobre todo, de la homosexualidad, que más que el adulterio, supone el lazo simbólico con la sexualidad pagana». Faye señalaba la necesidad de alejarse del «tribalismo gay» que practicaban y pregonaban los movimientos homosexuales de izquierdas, proponiendo como alternativa una “tercera vía” fundamentada en la antigüedad pagana: «La Antigüedad y especialmente la Antigüedad indoeuropea es muy importante en el sentido de revelarnos una concepción de la homosexualidad que no es ni permisiva ni individualista, sino reglada a partir de un sabio equilibrio entre libertad y ascesis. Esta concepción cristaliza en la institución pederástica, la cual permite la expresión de una dimensión esencial de la naturaleza humana sin poner en cuestión deberes comunitarios tan importantes como el asegurar la descendencia ni atentar contra la idea que nos hacemos del hombre. Sobre todo, la homosexualidad tenía entonces una función social ligada a la educación y a la iniciación. […] Deben también admitirse los lazos homoeróticos en relación con la función guerrera, pues la ligazón intermasculina es etológicamente más fuerte y en una sociedad sexualmente libre como aquélla es difícil que tal ligazón no generase una homosexualidad de tipo militar». Y para concluir: «Los modernos condenan la pederastia, pero, a través de ella, lo que condenan es una concepción pagana y no igualitaria de la sexualidad y un sistema de valores que llevan a ello». ¿No es éste el autor del que dicen participó en películas porno? Sin comentarios.

Sin embargo, con el paso del tiempo, Faye, simultáneamente a la radicalización de su “islamofobia”, irá adoptando posiciones cada vez más homófobas. Entonces, para él, la homosexualidad aparece como uno de los factores del proceso de desvirilización de las sociedades europeas decadentes y como una de las causas del descenso demográfico de las mismas: «Hay una conjunción objetiva entre la homofilia, el antinatalismo, el etnomasoquismo y el feminismo de cuotas […]. La homosexualidad es una desviación que se mofa de la ley natural. En ese sentido, si bien puede ser tolerada en la esfera privada, no puede serlo en la esfera pública, ni adquirir un reconocimiento social».

Los peligros del proceso de feminización forzosa de nuestra sociedad occidental y su correlativo proceso de desmasculinización, no sólo han sido advertidos por los autores neoderechistas. Paul-François Paoli (en el libro antes citado), Éric Zemmour (traducción al español: Perdón, soy hombre. Áltera, 2008); Alain Soral en “¿Hacia la feminización? Desmontando un complot antidemocrático, o Gilles Lipovetsky en “La tercera mujer”, denuncian los problemas derivados de estas mutaciones hipermodernas en la identidad sexual y las transformaciones tradicionales de los roles de género.

Alain de Benoist, sin embargo, no ha desarrollado una completa “sociología de la sexualidad”, aunque sí lo haya hecho sobre la “condición femenina” y la “ideología de género contra el sexo” (“Los demonios del bien. Del nuevo orden moral a la ideología de género”), así como sobre los efectos del proceso sistemático y premeditado de “desvirilización” y “feminización” de las sociedades europeas, pero ha guardado un discreto y prudente silencio —ambigüedad o respeto calculado— a la hora de adoptar unas posiciones homófilas u homófobas respecto a las identidades sexuales que, en su opinión, pertenecen al ámbito de la esfera privada. De Benoist concluye: «Así como la dominación conduce al desposeimiento, así también la pretendida liberación sexual sólo ha conducido, a fin de cuentas, a nuevas formas de alienación. Pero el sexo, porque es algo que pertenece ante todo al reino lo incierto y de lo turbio, siempre se escabulle ante la transparencia».

La ideología de género contra el sexo

Alain de Benoist nos informa sobre el origen de la ideología que nos ocupa. La palabra “género” (gender), en el sentido en que se emplea hoy, nace en el ámbito anglosajón en medios ligados a la psiquiatría en los años 1950-60. La socióloga Ann Oakley la introduce en el vocabulario feminista en 1972, y los gender studies desplazan a los women studies en las universidades norteamericanas. Judith Butler publica en 1990 su libro Gender Trouble. Feminism and the Subversion of Identity, dando su forma canónica a las “teorías de género”. Cinco años después, en el ámbito de la ONU, la palabra “género” aparece por primera vez en documentos oficiales. En 2011, el Consejo de Europa define oficialmente el género como “los roles, los comportamientos, las actividades y las atribuciones socialmente construidas, que una sociedad dada considera como apropiadas para las mujeres y los hombres”.

La ideología de género sostiene que la identidad sexual no depende para nada del sexo biológico, sino de los roles sociales atribuidos a los individuos por la educación o la cultura. Las orientaciones sexuales serían independientes del sexo; el género resultaría exclusivamente de la interiorización social de un cierto número de condicionamientos, “prejuicios” o “estereotipos” adquiridos por efecto de las presiones culturales o sociales. Las diferencias de comportamiento que se observan entre niños y niñas, luego entre hombres y mujeres, se explicarían únicamente por la interiorización de esos estereotipos inculcados desde la infancia. En suma, la diferencia entre los sexos no preexiste a su “construcción social”.

El punto de partida de la teoría de género, indica Alain de Benoist, reside en una hostilidad radical hacia la “naturaleza” del cuerpo sexuado en especial. La pertenencia a la especie es desligada metafísicamente de toda “encarnación del cuerpo”, puesto que es: preexistente a la condición sexual. «La idea subyacente a esta concepción del género es (…) que el cuerpo no es determinante ni en la vida psíquica ni en la vida social, porque somos de partida seres humanos antes de ser hombre, mujer u otro» (Tony Anatrella).

En esta perspectiva, prosigue Alain de Benoist, la heterosexualidad no es más que una “construcción sociopolítica” que, curiosamente, se encuentra en todas las culturas. Así, Judith Butler se fija como objetivo desestabilizar socialmente “el falocentrismo y la heterosexualidad obligatoria”. Eric Fassin declara, por su parte, que el objeto de los estudios de género es «pensar un mundo en que la heterosexualidad no sería normal» (Fassin & V. Margron, “Hombre, mujer, ¿qué diferencia?”).

Lo que pretenden las teorías de género, en definitiva, es negar la realidad de los sexos y de toda identidad fundada en el sexo. La idea fundamental sobre la que pivota la ideología de género pretende hacer aceptar que nada en el hombre está dado o normado de partida, que todo es construido y, en consecuencia, que puede ser modificado a voluntad en función de nuestros deseos. Las elecciones ya no se hacen a partir de condiciones preexistentes y la personalidad se reduce, por tanto, a una simple negociación entre deseos e intereses particulares. Es el triunfo de la subjetividad: cada uno se construye a sí mismo a su gusto y manera, independientemente de la dualidad de los sexos y de la normativa social.

No se trata ya de liberarse de la figura del patriarcado o de la dominación masculina, en general, como pretendían las generaciones anteriores de feministas, sino simplemente de liquidar la diferencia sexual. Monique Wittig declaraba solemnemente que hay que «destruir política, filosófica y simbólicamente las categorías de ‘hombre’ y de ‘mujer’», porque son “normativas y alienantes”. Caroline De Haas, consejera de Hollande, combate el “esencialismo” consistente en creer que hombres y mujeres tienen una esencia propia que les daría características específicas y complementarias. De Haas propone deconstruir “la llamada complementariedad de los sexos” a favor de una “complementariedad indistinta de los seres”. Impulsada por la aspiración hacia lo indiferenciado, la ideología de género predica abiertamente la indiferencia hacia las diferencias, comenta Alain de Benoist.

Desde el punto de vista de su sexo biológico —reflexiona Guillermo Andrade—, gais y lesbianas son, respectivamente, hombres y mujeres como los demás. Lo que los distingue son sus preferencias sexuales, que pueden no ser “normales”, en el sentido de que la heterosexualidad es necesariamente la norma en una especie sexuada —porque son los heterosexuales los que aseguran la reproducción de la especie; pero son “naturales”, en el sentido de que esas preferencias han existido en todas las latitudes, épocas y culturas, apunta De Benoist. Hay, pues, sólo dos sexos, pero hay una pluralidad de prácticas, orientaciones o preferencias sexuales. A partir de esta observación bastante trivial, la ideología de género intenta hacernos creer que hay una multiplicidad de sexos y que se podría permanentemente pasar de una identidad sexual a otra.

Pero el sexo no condiciona solamente los deseos individuales, sino también las conductas y las prácticas sociales. De aquí la noción de “género”, dimensión sociohistórica, cultural y simbólica de la pertenencia al sexo biológico. No es tanto un atributo o una cualidad de las personas, como una “modalidad de las relaciones sociales instituidas” (Irène Théry, “La distinción de sexo”). Esta construcción no es unívoca, advierte el pensador francés, pero tampoco es arbitraria, en el sentido de que siempre remite a uno u otro sexo. Si el reparto de los roles masculino-femenino sufre la influencia de la sociedad, la identidad sexual depende del sexo fenotípico y del nacimiento. Michel Kreutzer escribe: «no puede haber género… más que si hay sexo. No se podría concebir la noción de género en un contexto de reproducción asexuada».

Guillermo Andrade nos advierte de cómo la etnología se pone al servicio del militantismo. Nos encontramos allí el mito del matriarcado primitivo, polígamo y comunista. Sin embargo, observa David L’Epée, los más antiguos de esos autores, y especialmente los de la escuela marxista, no apuntaban a la deconstrucción del sexo, sino a cuestionar diversas desigualdades socioeconómicas. Algunos movimientos feministas (diferencialistas) han predicado la igualdad entre los sexos en la conservación de las especificidades propias de cada uno. Sin embargo, las feministas de la gender theory opinan que, precisamente, son esas especificidades —discriminantes y creadas por los hombres— las que habría que liquidar.

La reproducción sexuada favorece la variación genética. Al favorecer la diversidad, la reproducción sexuada permite eliminar más rápidamente las mutaciones dañinas del código genético y refuerza la capacidad de los organismos a adaptarse al medio. El sexo es, pues, la condición de la supervivencia de la especie. Pero esto no significa, advierte De Benoist, que tenga como única función la reproducción. La sexualidad humana se distingue de la sexualidad de otras especies superiores por varios rasgos esenciales y el primero de ellos es la disponibilidad sexual permanente de las mujeres. El placer sexual desempeña entre los humanos un papel más importante que en la mayor parte de otras especies animales.

Entonces, ¿no existe el “ser humano” antes de ser “hombre o mujer”? La respuesta afirmativa es la que sostiene la ideología de género. Judith Butler mantiene que el cuerpo es, originalmente, una “materia neutra” –igual que, recuerda Alain de Benoist, los teóricos de la Ilustración hacían del espíritu una tabla rasa en el momento del nacimiento. «No se es humano antes de ser hombre o mujer; la diferencia de los sexos es la diferencia de las diferencias. Funda las otras…», escribe Michel Schneider (“La confusión de los sexos”).

Nos encontramos, pues, ante un “neofeminismo moralizador y represivo”, La consecuencia: las sociedades se feminizan al mismo tiempo que se infantilizan. Unas sociedades que fabrican millares de individuos inmaduros, narcisistas, que no han podido resolver jamás su complejo de Edipo, señala Alain de Benoist. Y, por su parte, Jean-Claude Michéa ha mostrado que esta “reconfiguración antropológica” se ajusta perfectamente a una sociedad capitalista que quiere deslegitimar todas las figuras de la autoridad, a fin de que se generalice ese «nuevo tipo de individuo artificialmente mantenido en la infancia, del que el consumidor compulsivo representa la figura emblemática y cuya adicción al goce inmediato ha llegado a ser el signo distintivo» (“El complejo de Orfeo”).