¿Vegetar será el nuevo imperativo categórico y sanitario del tercer milenio? Por Marco Tarchi

 

Marco Tarchi es el principal artífice de la introducción de las ideas y revistas de la Nueva Derecha francesa en Italia, lector y traductor de la revista Éléments. Especialista del populismo, sobre el que ha escrito varios libros, editorialista, antiguo decano de facultad y actualmente profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Florencia, es el editor y redactor-jefe de Diorama Letterario y de Trasgressioni. Este es el último editorial publicado en Diorama Letterario, magnífica e inquietante reflexión sobre el nuevo ideal de existencia vegetativa impuesta por los confinamientos.

Sería difícil encontrar algo más emblemático de la condición psicológica y cultural que nuestra época experimenta y, al mismo tiempo, más degradante (si se quiere, incluso repugnante) que los anuncios del Gobierno alemán difundidos para convencer a sus ciudadanos de respectar rígidamente las recomendaciones de limitación de la libertad de movimientos, impuestas para limitar el contagio de Covid-19.  En el primero de ellos, un joven echado en un sofá, con una lata de refresco en una mano y patatas fritas en la otra, ahoga en el aburrimiento una jornada inútil. En el segundo, el mismo joven, hipotético estudiante en ingeniería, comparte su abulia con su pareja: del sofá han pasado a la cama y, para alegrar la inacción, comparten unos trozos de pollo frito. En el tercero, el centro de atención es "Tobi el perezoso", una autodefinición que muestra a un joven ante su ordenador comiendo raviolis fríos de una lata sin preocuparse ni de calentarlos. Estas escenas están situadas en el ambiente del "terrible" invierno de 2020 y tienen de fondo una sugestiva música de acompañamiento. Al final de cada anuncio, aparecen los mismos protagonistas en el futuro ya ancianos, que se enorgullecen de la "aventura" vivida medio siglo antes, que les obligó a encerrarse en su casa par ano hacer nada, convirtiéndose así (por haber cuidado escrupulosamente en no ser instrumentos de contagio) en unos héroes. Este último calificativo, repetido varias veces (se podría esperar incluso que Tobi reciba una medalla por su ausencia ejemplar de vida social) se ve asociado a otras palabras no menos disonantes como "destino", "deber social", "destino de la nación" y el ya omnipresente "enemigo invisible".

Ideal sanitario, fase postgoebbelsiana del aparato de propaganda

Es sorprendente que el producto de esta fase postgoebbelsiana del aparato de propaganda de guerra alemana haya entusiasmado simultáneamente a medios como Vanity Fair, Il Foglio (periódico neoconservador italiano), La Repubblica (periódico italiano liberal-libertario)... todos de acuerdo en encontrarlo "genial", y que su ironía poco sutil se haya visto alabada por los publicistas italianos. En efecto, no podemos encontrar nada mejor para describir el tipo de individuo ideal de la Cosmopolis deseada por los partidarios de la ideología de los "derechos humanos": un consumidor producido en serie, alimentándose de imágenes, dispuesto a obedecer dócilmente la llamada de las autoridades democráticas y de los medios en el sentido de refugiarse sin más reacción en el individualismo más gregario y estricto, levantando su ánimo a golpe de videoconferencias, chats en línea, series en plataformas digitales y peticiones de firmas para apoyar las causas de "género" o de "inclusividad" disponibles en esos mismos sitios.

Es así como avanza, sobre las alas del miedo destilado por una incesante comunicación generadora de angustia, esta mutación antropológica gradual que, en algunas décadas, ha encontrado en los episodios epidémicos un nuevo vehículo de gran eficacia. De hecho, la ruptura de los vínculos interpersonales está recomendada, con un énfasis y una frecuencia cada vez mayor, como único remedio posible para ponerse a cubierto de contagio del virus; incluso algunos llegan a ver en esto aspectos positivos. No nos sorprenderá que, entre ellos, se encuentre Bill Gates, dispuesto a describir el mundo futuro con pinceladas de preocupación social. Como él mismo confía, tendremos, por lo menos, una atmósfera más pura, ya que se habrá reducido un 50% el número de viajes; las emisiones de gases contaminantes también se habrán reducido considerablemente, incluso si eso nos lleva a tener pocos amigos. El teletrabajo prosperará y con él (podríamos añadir) la utilización ulterior de productos Microsoft, mientras las relaciones sociales se verán atrofiadas. Esta perspectiva no parece suscitar inquietudes excesivas ni entre los intelectuales más escuchados, ni entre los políticos ni los científicos.

La vida a cualquier precio

Entre los intelectuales más escuchados, son numerosos los que invocan un "derecho a la salud", concepto puramente sin sentido, que a nadie se le ocurriría contraponer a un infarto, una hemorragia cerebral o una forma grave de tumor, sabiendo que ninguna persona con patologías de este tipo estaría en medida de ejercer ese derecho, el cual debería ser sustituido por el real y deseable derecho a los cuidados; un "derecho a la salud" más fuerte que cualquier miedo a la destrucción del vínculo social. 

A cada momento, los políticos no quieren otra cosa que calmar las protestas legítimas de las categorías productivas penalizadas por los cierres impuestos, a golpe de ayudas a fondo perdido que serán pagadas ulteriormente por medio de subidas sustanciales de impuestos, ya que el déficit del Estado no podrá mantenerse eternamente. Las consecuencias de la obligatoria (y deseada) "distanciación" sobre la capacidad de resistencia del tejido social les deja del todo indiferentes.

Por último, en cuanto a los expertos mediáticos, su convicción unánime (el que la vida cuente más por la dimensión cuantitativa de su duración que por su calidad) se expresa en el día a día en las modalidades más diversas en todas las escenas de televisión, radio o prensa escrita... 

Esas tres cuestiones fundamentales que afectan a la clase dirigente de las democracias occidentales (esos regímenes que deberían encarnar el mejor de los modelos posibles de gobierno en "países avanzados") olvidan un aspecto inevitable de la realidad, debido a la ceguera inducida por el conformismo de hierro de lo políticamente correcto: la imposibilidad de eliminar el riesgo de la existencia humana, tanto individual como colectiva. Y todavía más la dolorosa necesidad de aceptarlo.

Cuando "vegetar" sustituye a "vivir"

Durante milenios, la cultura de los pueblos, de todos los pueblos de la Tierra, se ha resignado a ese estado de la cuestión, lo ha vinculado a la voluntad impenetrable del Destino y/o de la divinidad venerada y lo ha incorporado al sistema de normas destinado a gobernar la vida de las comunidades. La ilusión prometea típica de la modernidad, alimentada por los prejuicios del racionalismo como en las épocas precedentes podían estarlo por la magia, ha empujado a algunos, no solo en los ámbitos científicos, a creer que era posible e incluso necesario rebelarse contra esta ley de la naturaleza. Y que la existencia individual pueda y deba estar exenta del azar de lo imprevisible e inesperado: hermética, bajo control y asegurada en todos los casos. Y ello con la consecuencia de seguir y celebrar un horizonte ideal en el cual el hecho de vegetar sustituye al de vivir. Con la exhibición del cuerpo en estado vegetativo, magnificada en los anuncios alemanes, se ve un mensaje que asocia el rechazo al riesgo como si fuera un acto de heroísmo. Un contrasentido importante pero que explica mejor que cualquier otra cosa el trasfondo del espíritu del tiempo en el que vivimos.

Quien rechaza esa visión ve cómo se le atribuye automáticamente un carácter de insensibilidad, cuando no de locura. La vieja figura del apestado encerrado en su casa vuelve bajo la forma de amenaza en el imaginario colectivo teniendo de fondo debates que rellenan los programas de televisión, mientras la opinión pública se separa verticalmente en todos los países afectados por la epidemia: entre los aterrorizados que se alegran del panorama espectral de las ciudades desiertas y que quisieran verlas así hasta la epifanía de una milagrosa vacuna y los que sufren con el confinamiento y esperan cualquier señal de vuelta a la normalidad para zambullirse en los ritos de masas.

Incorporar el riesgo al horizonte de la normalidad

A la estupidez del negacionismo (que algunos, exagerando un poco, han definido como el fruto de un "proceso mental cercano a aquel que sucede en algunos tipos de demencia") se opone otra forma de estupidez, a la vez idéntica y contraria, la cual conduce a la incomprensión y el rechazo de las razones de aquellos que, en un escenario de restricciones permanentes de la libertad de movimientos, de obligación sine die de llevar mascarillas quirúrgicas, de mantener dos metros de distancia con el prójimo y de evitar los "lugares de sociabilidad" y los encuentros con familia y amigos, preferirían otro escenario donde, siempre respetando de forma temporal las medidas adecuadas de prudencia, el riesgo sería aceptado y gradualmente incorporado al horizonte de la normalidad.

La demonización de esta propuesta y la insistencia agobiante alrededor de presagios funestos, sobre la vacuna que no funcionará o tendrá efectos limitados en el tiempo, sobre las mortíferas "terceras olas" (y las siguientes que vendrán), tendrán casi con seguridad efectos opuestos a los esperados, precipitando capas cada vez más importantes de la población en un estado de postración psicológica difícilmente recuperable, de la que constatamos ya síntomas evidentes. Pero, en apariencia, los dogmas ideológicos que dominan la escena cultural contemporánea impiden aceptar una actitud de confrontación con la existencia que pueda parecer excesivamente viril y, por lo tanto "machista" (en la expresión coloquial de la vulgata progresista).

Vegetar se ha convertido en el imperativo categórico del tercer milenio. No queda más que esperar que un día, un sobresalto de orgullo colectivo, frente a una perspectiva tan deprimente, pueda transformarse en una gran reacción y esperar que cada uno haga, a su nivel, todo lo posible para que semejante cambio pueda suceder. Fuente: Éléments