Dominado socialmente, el bloque popular es hoy democráticamente mayoritario. Entrevista a Alain de Benoist, por Nicolas Gauthier


Warren Buffet, el millonario americano que conocemos, declaró un día en esencia: “Por supuesto que la lucha de clases existe; ¡la prueba de ello es que es la mía la que la ha ganado!” Esta noción de “lucha de clases” no sirve evidentemente para explicarlo todo, pero no es menos cierto que ha estado durante mucho tiempo alejada del debate mediático. ¿No sería oportuno revalorizarla?

No se trata de revalorizarla, sino de afirmarla. Warren Buffet ha tenido, por lo menos, el mérito de la franqueza ya que, habitualmente, cuando la lucha de clases es más fuerte es cuando menos se habla de ella. Cuanto más se sube en la escala social, más se pretende creer en la posibilidad de “reconciliar a las clases sociales”: es la forma corriente que tienen los ricos y los poderosos de intentar desarmar o invisibilizar a las “clases peligrosas”. Pero, en el caso de Buffet, se ve además que la arrogancia inocente se mezcla con el desprecio de clase. Por lo tanto, respondo a su pregunta: sí, la lucha de clases es, sin duda, lo que caracteriza mejor a la situación actual en Francia. En su último libro (Bloc contre bloc. La dynamique du macronisme, Éd. du Cerf), que se debe leer en paralelo a los trabajos de Christophe Guilluy, Jérôme Sainte-Marie, excelente observador de la vida política francesa, lo subraya con fuerza: “La coherencia entre el voto de clase en las elecciones y la condición social de los electores no ha sido nunca tan evidente como hoy en día”. 

Los chalecos amarillos han tenido, en esta cuestión, un rol esencial. Al movilizar a personas de condición más bien modesta, que tenían en común el ser los perdedores de la mundialización, han provocado en la clase dirigente un miedo tremendo, que explica la manera en la que Emmanuel Macron ha cambiado enteramente de método, abandonando su apariencia de Júpiter para hacerse el humilde, sin dejar de tener su visión empresarial de la sociedad ni dotarse de un verdadero arraigo social. Creo que ya he calificado el movimiento de los chalecos amarillos de “ensayo general”. Lo pienso ahora más que nunca. Este vasto movimiento popular de protesta contra el ostracismo cultural y geográfico, político, económico y social, está preparado para resurgir y agrandarse. Los movimientos sociales que se multiplican por todas partes lo auguran. 

Desde Karl Marx, la noción de “clase obrera” ha cambiado mucho: el artesano, el pequeño empresario, el emprendedor, las clases medias en vía de desclasamiento, forman hoy una especie de nuevo proletariado.  

Eliminemos rápido un equívoco: ¡Marx no inventó la “lucha de clases”! La expresión fue muy utilizada antes que él, sobre todo por Tocqueville y Guizot. La lucha de clases no ha cesado nunca, solo que hay unos momentos en los que las clases dominadas son más conscientes de su existencia en cuanto a clase (es la clase “para sí”, por oposición a la clase “en sí”) que en otros momentos.  Sin embargo, hay una diferencia, y es enorme: antiguamente, eran las clases dominantes las que se afirmaban (formalmente) conservadoras mientras que hoy es en las clases populares donde el deseo de arraigo y de valores compartidos, la vinculación a la comunidad nacional y el gusto por las tradiciones están más extendidos. En el pasado, la guerra de clases pudo confundirse con la división horizontal izquierda-derecha, pero ya no es ese el caso. Toda verdadera división de clase es una división vertical: lo de abajo contra lo de arriba, el pueblo patriota contra las élites que se han desterritorializado al mismo ritmo que la maquinaria del Capital. ¡Sin olvidar que la izquierda ha “perdido al pueblo”!

El resultado es la actual división política francesa: Emmanuel Macron asegura la unión entre burguesía de derecha y de izquierda, mientras que Marine Le Pen parece hacer lo mismo con los abandonados por la mundialización. ¿Ganamos así en claridad?

En su libro, Jérôme Sainte-Marie muestra a la perfección que más allá de la conversión del país en un archipiélago, denunciada por Jerôme Fourquet, se está produciendo un gran movimiento de polarización en la sociedad francesa (que confirma las observaciones de Patrick Buisson). Un “bloque popular” está formándose frente al “bloque burgués” creado por Macron –y, paradójicamente, es Macron quien ha favorecido ese proceso de radicalización de las diferencias sociales ya que la agrupación de liberales de derecha y de izquierda ha tenido el efecto de, primero, desconectar a los conservadores (portadores de la soberanía nacional) de los liberales (portadores de la apertura global); después, eliminar a los grandes partidos de gobierno tradicionales. Como Mélenchon se descalificó desde que renunció al populismo para volver al redil de la “izquierda moral”, ha sido el partido de Marine Le Pen el que ha salido beneficiado. El “techo de cristal” que debía limitar el aumento del voto a Reagrupación Nacional ha comenzado a deshacerse, y el 63% de aquellos que votaron por el partido de Mélenchon en las últimas elecciones europeas dicen ahora estar dispuestos a votar por Marine Le Pen en la segunda vuelta de unas presidenciales en las que se enfrentara de nuevo a Macron, contra el 39% solo de aquellos que votaron por el partido conservador. Es un giro muy importante. 

El bloque elitista y burgués de Emmanuel Macron agrupa a los muy ricos de las empresas cotizadas; a los burgueses-bohemios (bo-bos); al personal de los grandes medios de comunicación y a los dirigentes entusiasmados con la mundialización, para los que todo lo que sea “nacional” está anticuado. Se añaden los jubilados empujados instintivamente a unirse al partido del orden, sin ver que ese orden no es más que un desorden establecido que no les protegerá del aumento del caos. Esa suma no hace más que un ciudadano de cada tres. Socialmente dominado, el bloque popular es hoy democráticamente mayoritario. Esta doble polarización explica también por qué la “unión de las derechas” es un mito que, en el mejor de los casos, no puede producirse más que a nivel local: al final, entre Macron y Le Pen, ya no quedará nada. Es la razón por la que, respecto a la elección presidencial de 2022, el resultado está en el aire. Más todavía cuando sabemos ahora que la preparación de los candidatos presidenciables no pasa ya por los partidos. ■Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Boulevard Voltaire